lunes, 17 de septiembre de 2012

Anuncio mi primer libro: "Expedición Grancolombia 1938"

EXPEDICIÓN GRANCOLOMBIA 1938

Bueno, ya era hora. Mi primer libro esta disponible para la venta en Bubok.co. Se trata de una aventura retrofuturista en una Grancolombia ficticia, que abarca territorios venezolanos, colombianos y ecuatorianos.



La escribí al mejor estilo "Dieselpunk", lo cual me abría un enorme abanico de posibilidades en cuanto a fantasía y ciencia ficción, así que los amantes de este genero no quedaran defraudados. Supongo que los seguidores del estilo Steampunk tambien disfrutaran de mi libro, aunque echaran de menos el estilo victoriano propio de su genero.

La obra es un homenaje a una de las regiones mas hermosas y misteriosas de Colombia: el Chocó, pero también es un homenaje a Lovecraft, quien me ha servido de inspiración para muchos de mis cuentos. Pero... ya era hora de atreverme con una obra grande, así que aquí la presento.



La portada del libro, el logotipo y el cuadro de la parte posterior son obra de mi cuñado William R. León, quien ha sido una de las personas encargadas de revisar el borrador de la Expedición y cuyo entusiasmo fue clave para continuar. En el sitio web podrán ver parte de las obras que ha logrado con sus pinceles y sus tubos de pintura. El cuadro que logró sacarme de un terrible bloqueo mental fue obra suya.

Para los interesados, les invito a explorar el sitio web del libro y la pagina de Bubok, estos son los enlaces:

http://www.miskatonic-colombia.com/

http://www.bubok.co/libros/210607/EXPEDICION-GRANCOLOMBIA-1938

Y un "Book trailer" en Youtube:

http://www.youtube.com/watch?v=b594RDtJ9-I

En el blog voy a poner los 3 primeros capítulos, para aquellos que quieran darle una probadita antes de devorarla toda.

Muchas gracias a todos aquellos que han comentado mis cuentos, créanme que esas opiniones fueron las que me dieron el ultimo empujón para atreverme a continuar con este proyecto.

Y a los que decidan convertirse en lectores de mis obras, les anuncio que siguen dos proyectos mas que espero pueda publicar muy pronto. Gracias!!!!!


lunes, 3 de septiembre de 2012

El día que cantaron las lagartijas


¿Alguien recuerda cuando empezaron a cantar las lagartijas? Yo no estoy seguro, pero ni en mi niñez, ni en mi adolescencia recuerdo el característico “IK-IK-IK-IK-IK” de las lagartijas. Nací en el setenta y siete, y como buen amante de los animales, estuve siempre atento a las lagartijas. No sé a cuantas maté de niño, pero estoy seguro de ser un personaje odiado en el reino de las lagartijas. Sería iniciando el siglo XXI cuanto escuché el primer canto lagartijesco. Al principio pensábamos que se trataba de algún pajarillo nocturno: “cucaracheros” decían algunos, “lechuzas” decían otros.



Pero no: eran las lagartijas. Recuerdo la perplejidad que me causo ver el extraño ritual. Era de noche y una audaz lagartija había subido a nuestra mesa de comedor. Reptó un poco, con prudencia pues desconocía mis intenciones. De pronto se acercó a uno de los bordes y se quedó completamente quieta. Entonces estiró el cuello un poquito y luego… “IK-IK-IK-IK-IK”.

Yo no podía creerlo, ¡finalmente no se trataba de pájaros!, era una pinche lagartija. No pude evitar soltar una carcajada emocionada, era un gran descubrimiento, digno de ser contado cuanto antes.

A la lagartija no le pareció gracioso, y entonces echó a correr.

A partir de ahí, el canto de las lagartijas sería bastante común. Y si lo escuchabas, y no sabias cual era su origen, entonces no eras mas que un pobre tonto. El canto de las lagartijas era lo mas “in del momento.

“…IK-IK-IK-IK-IK…”

¿Que pensarían las lagartijas?

“Reptar por aquí. Reptar por allá. Vio un zancudo y caminó despacio, solapadamente, con hambre y con ganas de insecto. Buscaría una luz pues los sabrosos bichos se acercaban idiotizados a ella por las noches. Sus patas sentían cada micro grieta en la pared y le otorgaban la agilidad de caminar verticalmente como el mas duro de los escaladores. Se acercó calladamente, el zancudo no se movía. Pobre tonto. Movió su cuello con asombrosa velocidad y en un instante ya estaba tragando al delicioso insecto. Con suerte estaría relleno de sangre: con centro líquido, esos eran los mas ricos.

“Regresó al suelo, siempre caminando despacio, con paciencia. Se metió debajo de la nevera y caminó confiada. A veces encontraba cucarachas ahí, pero eran demasiado grandes y prefería no pelear con ellas. Con suerte habría alguna garrapata confundida en la oscuridad: ¡como le gustaban las garrapatas!
De pronto, su instinto animal le dijo que algo no andaba bien. Lo sentía en las patas. Algo había crujido en lo mas profundo de la tierra, tan hondo que ni el mejor de los sismógrafos lo podría detectar. Algo se había roto en las entrañas del planeta.

“Esperó a que la sensación desapareciera. Entonces supo que debía avisarle a las demás lagartijas.

“…IK-IK-IK-IK-IK…”

“Se acercaba el fin. Las lagartijas lo sabían. Y lo comunicaban siempre que podían.

“Entonces una polilla aterrizó mas adelante. Dejó de cantar y caminó despacio, solapadamente, con hambre y con ganas de insecto.

El mundo estaba a punto de acabarse, si, pero siempre había tiempo para una polilla mas.

“…IK-IK-IK-IK-IK…”

El bajorrelieve



Mi mujer y yo vivimos en el barrio La Campiña, cerca del barrio Chipichape. Es un barrio muy agradable; como decimos por acá: un buen vividero. Todos los días sacamos a pasear a nuestro perro y le damos un par de vueltas al supermercado de la zona. Al caminar por ahí, pasas al lado de varios edificios, algunos de ellos bastante pomposos.



Una mañana iba con mi mascota por el camino de siempre, en la acera al frente de los edificios. Entonces escuché los gritos desesperados de una niña: “¡AYUDA! ¡AYUDA!, ¡ME DEJARON ENCERRADA!”. Mi perro inmediatamente se puso alerta y empezó a ladrar. Otros transeúntes escucharon lo mismo. Uno de mis vecinos, el “cubano”, venía detrás de mí con su perrito, e inmediatamente dijo: “Es una niña y la dejaron encerrada, hay que ayudarle”. Así que tres de los que estábamos ahí (todos con perro) nos acercamos a la portería del edificio, donde el vigilante veía televisión con toda tranquilidad. Le tocamos y le dijimos que una niña estaba en problemas en alguno de los apartamentos. El tipo nos dijo con impaciencia que no se escuchaba nada y que no lo molestáramos.

Ya se imaginaran el estado de nosotros los voluntarios y también de la irritación del guarda. Los gritos no cesaban. El cubano y otro señor discutían con el viejo guarda, mientras yo guardaba silencio y escuchaba los gritos. Sé que parezco un pusilánime, pero yo no podía hablar debido a la sensación que me daban los gritos: a mí me parecía que eran de dolor.

El guarda salió, y apenas pisó la calle también escuchó los gritos. Créanme que fue divertido ver como palidecía y entraba corriendo al edificio. Lo primero que hizo fue llamar a la policía y luego desapareció en las escaleras.

Los demás nos quedamos afuera.

Pasados unos cinco minutos (tiempo record tratándose de Cali) llegaron dos patrullas y los policías subieron presurosos por las escaleras. Para entonces, varios transeúntes se habían apilado a las afueras del edificio de apartamentos. Todo el mundo estaba preocupado con la pobre niña. Un par de viejas sacaron sus rosarios y empezaron a rezar.

A los quince minutos de llegar la policía, los gritos finalmente cesaron. Casi de inmediato vimos salir personas del ascensor. Otros, junto con los policías bajaron por las escaleras. Todo el mundo venia con cara de consternación. Yo pensé que la niña había muerto, y varias personas afirmaron lo mismo. El guarda estaba mas extrañado que angustiado. Uno de los policías hablaba con la central por su radio, informaba que no había novedad.

El cubano se acercó al guarda y le puso conversa. Yo ya estaba con ganas de largarme del lugar, pero un chisme es un chisme, y mi mujer no me perdonaría la falta de detalles. Finalmente el cubano se me acercó y me dijo que los policías habían llegado al quinto piso, donde los gritos se escuchaban con mas vehemencia. Según el guarda, los gritos parecían venir de una de las columnas del edificio. Uno de los policías dio algunos golpes con una porra y entonces cesaron los gritos. Escalofriante.

Se hizo una última revisión y la gente fue dispersándose. Ese era un chisme de los buenos.

Yo no le paré mas bolas al asunto. Pero mi amigo, el cubano, no pudo resistirse y le hizo seguimiento al tema algunos días mas. Los gritos no reaparecieron, pero en la columna empezó a aparecer una humedad que no se iba ni con pintura.

Meses mas tarde, la humedad se hizo maloliente. Y un día, un plomero notó algo anormal en la columna. Al golpear con un destornillador, descubrió que la columna sonaba hueco en donde alguna vez se habían escuchado los gritos.

El plomero olio una vez mas la humedad. Los vellos de la nuca se le erizaron de inmediato.

Olía a viejo…

Meses mas tarde, la “columna gritona” se había vuelto tristemente célebre. Los apartamentos del cuarto al sexto piso iban siendo abandonados. Pronto, medio edificio tenía en sus ventanas avisos de “SE ARRIENDA” o “SE VENDE”. La administración tuvo que tomar cartas en el asunto, y a pesar de los riesgos estructurales, decidió remover aquel trozo de columna.

Un equipo de tres obreros tuvo la curiosa misión de “amputar” la columna interna del quinto piso. Aquella que llamaban “la columna escandalosa”.

Llegaron un sábado a primera hora. Luego del café y de algunas bromas de mal gusto, se prepararon a demoler la estructura. El mas joven tenía la misión de iniciar los golpes con una porra. Contundentemente dio un primer golpazo al concreto. De inmediato, una gran zona de la columna se vino abajo.

Asustados, los obreros saltaron y dieron algunos pasos atrás. Cuando el polvo se asentó un poco vieron el hueco.

Y lo que vieron los hizo retroceder aun mas.

Parte de la estructura estaba en el suelo, pero la que había quedado en pie presentaba una cavidad muy particular. Era como el molde de una niña. La parte frontal de su cuerpo estaba al interior de la columna, mientras que la espalda estaba en los restos caídos. Dos de los hombres se acercaron aterrados mientras veían el vaciado de humano en el concreto. No podían dejar de mirar la zona que había albergado la cabeza y el rostro. Casi que podía verse la expresión asustada de la niña mientras se asfixiaba entre el material de construcción. Se veía la boca abierta (y los dientes) en un silencioso y angustiado grito. Los pliegues del vestido y los pies eran perfectamente visibles: Era un molde perfecto de una niñita.



El tercer obrero, que había preferido no acercarse, tomó uno de los trozos de concreto del suelo. En el aparecía perfectamente vaciada una de las manos de la niñita. Las uñas y las rayas de las falanges aparecían con toda nitidez. Incluso un anillo parecía rodear el dedo anular de la pequeña. El muchacho guardó el trozo en su mochila.

Consternados, los obreros guardaron sus herramientas y bajaron en silencio. Cada uno de ellos solo podía pensar en el sufrimiento de la pequeña.

Se llamó a la policía y se hicieron varias investigaciones en el edificio. El proceso aun no termina, y la ruina acompaña la construcción desde entonces. Los apartamentos no se venden y tampoco se alquilan. Ningún vigilante quiere hacerse cargo del edificio y el lugar se deteriora poco a poco. Creo que hoy tienen planes de demoler la construcción. Supongo que no les queda mas alternativa. Han pasado tres años.

¿Y que pasó con el pedacito de concreto con la mano de la niña? Pues el joven obrero decidió llevarlo a su casa y lo puso en una repisa de la sala. Lo ha convertido en tema de conversación cuando sus amigos llegan a visitarlo a su casa. Por alguna razón sabia que a la niña ya no le importaría.

Y era verdad, pues la niña que erróneamente había saltado a nuestro universo sí que había pasado un susto enorme al quedar atrapada en la columna del edificio, pero afortunadamente había sido rescatada segundos antes de asfixiarse entre el concreto. Rápidamente la arrastraron a su universo original y minutos mas tarde recibió un fuerte regaño de su madre.

Jamás volvió a acercarse a un saltador transdimensional sin permiso. 

miércoles, 18 de julio de 2012

Médicos confundidos


Que alguien explique, ¿Cómo se manifiesta la vida?

La vida. Ese milagro tan difícil de definir. Sabemos diferenciar una planta viva de una artificial con solo mirarla, igual con un perro muerto... Yo también sé que estoy vivo. De alguna manera es así. Creo que al final no es un asunto orgánico, fisiológico o químico. Algún misterio ha de tener porque cuando ves a un cadáver de alguna manera “no lo ves vivo”. Para mi es maravilloso, pero para otros… bueno, otros descubren el secreto.

Conocí a uno de estos a finales de 2009.

Un sábado por la tarde fui a al “Parque de la Flora” en el norte de Cali para pasear a mi nuevo cachorro y socializarlo un poco, pues este parque es un lugar de reunión canino bastante popular. Lamentablemente, dos equipos de fútbol se batían a duelo por alguna ficticia copa del universo. Era un fiero partido. No tuve mas remedio que dar un par de vueltas al parque con mi enérgica mascota.

Al finalizar, encontré a un viejo sentado en una de las bancas del parque. Al parecer estaba muy interesado en el partido, pero al ver a mi perro no pudo evitar convertirlo en centro de atención. “Hermoso animal”, “Es cachorrito, ¿verdad?”, “Yo también tengo un labrador en la casa”. Con esas frases tan típicas iniciamos una conversación. Ahí me enteré que el tipo era el entrenador de uno de los equipos. Al darse cuenta que yo era un “genio informático”, me comentó que tenía problemas en su computador y quería que le ayudara. Un cliente es un cliente, así que acepté y quedé de revisarle su laptop al día siguiente.

El hombre vivía justo en la cuadra siguiente al parque, hacia el ferrocarril. Las casas de esa cuadra siempre me han gustado, son grandes y con patios que colindan con el parque. De alguna manera tu patio principal es precisamente el parque, lo que le da a las casas un toque campestre envidiable.

El estudio estaba en el segundo piso. Al entrar, lo primero que llamó mi atención fue una cabeza frenológica de porcelana. La biblioteca estaba colmada de libros de medicina y había algunas herramientas propias de los médicos. El escritorio del computador estaba plagado de esos suvenires típicos de los galenos: libretas con la marca de un laboratorio, una capsula “loca” publicitando un medicamento y un pequeño osito vestido de medico con una jeringa en su mano. No pude dejar de preguntarle: “¿Usted es medico?”.

El tipo mostró una sonrisa cansada y triste: “Hace muchos años fui neurólogo. Pero ahora ya no. Ahora juego futbol”. Asumí que no quería hablar del tema. Entonces me dediqué a revisar su computador. No me gusta ser metiche, pero no pude evitar observar que las páginas visitadas y las fotos descargadas estaban todas relacionadas con el mundo de la medicina. En fin, no podía arreglarle el problema del computador ahí mismo. Debía llevármelo a mi casa y trabajar allá. El viejo no tuvo inconveniente.

Me embolaté con otras cosas y solo arreglé el computador hasta el viernes siguiente. Llegué por la noche y vi parqueada en su garaje una espectacular camioneta “Lincoln”, posiblemente única en la ciudad. El vehículo pertenecía a un amigo del viejo, quien le traía como regalo una botellita de whisky de 24 añitos. Fui presentado y recomendado como el "experto en computadores de la familia". El era un cirujano.

El tipo se fue y me quedé ahí montando el equipo para ensayarlo junto al viejo. Mientras tanto, pidió a su esposa que abriera la botella y nos sirviera dos vasos de whisky con agua fría. Debo confesar que fue la primera vez que tomé un whisky de 24 años... y para ser muy honesto no noté ninguna diferencia con los normalitos.

Luego, animado por el calor del whisky, me contó que había sido un medico de la Universidad del Valle y que su especialidad era la neurocirugía. Pero que hacía ya treinta años había dejado la profesión para dedicarse de lleno al futbol: “Los trofeos que viste en la sala fueron de torneos de barrio, todos equipos entrenados por mi”. Ahí empezó un monologo futbolístico que no me interesaba mucho: el futbol no es mi fuerte.

Cuando yo llevaba solo dos vasos de whisky, el viejo ya iba por el cuarto. Era comprensible, pues me imaginé que deseaba beber la mayor parte de su botella. Debía dolerle tener que bebérsela en compañía de un desconocido. Yo me estaba aburriendo e hice la pregunta que me carcomía hacia varios minutos y que de alguna manera sabia que lo iba a incomodar: “Cambiando de tema, dígame ¿Por qué abandonó la medicina?”. Entonces su rostro se oscureció de inmediato. No sé si fue el trago o qué, pero sus ojos se llenaron de lágrimas. Y entonces dio inicio a un monologo mucho mas sorprendente que el de los equipuchos de futbol de barrio.

“Tengo sesenta y tres años. Fui medico a los veinticuatro y neurocirujano a los veintinueve. Hice mucha plata con esa carrera. Me casé y me di muchos lujos. Tuve mi apartamento en Miami y una hacienda en los llanos. Amo mi profesión y le agradezco todo lo que hoy tengo. A los treinta y cinco años me cambió la vida, muchacho. Y odié la medicina para siempre”.

En ese momento entró la esposa del viejo con una bolsa de papitas fritas. Nos detuvimos a comer un rato.

“Bueno, la cosa es que a nosotros nos enseñan que debemos salvar vidas. Ese es nuestro objetivo y parte del juramento hipocrático. Así que durante toda la carrera te dedicas a conocer la vida y a competir contra la muerte. Pero a fin de cuentas, ¿Qué es la vida?”.

Ahí se detuvo y se quedó mirándome. Esperaba una respuesta de mi parte y me cogió fuera de base: “mmm, la vida es un milagro…” dije estúpidamente. El viejo se quedó serio.

“Pues sí. La vida es un milagro muchacho. Un milagro bien raro. Veras, mi especialidad es el cerebro. Para mí, era la torre de control del cuerpo humano, sin cerebro no te mueves. Sin cerebro no piensas, mejor dicho: sin cerebro no funcionas. Pero los médicos nos encontramos con casos verdaderamente inverosímiles. Yo había escuchado leyendas en las reuniones de amigos cuando estudiaba. Alguna vez hicimos chistes sobre pacientes que no se habían dado cuenta que estaban muertos. Para serte sincero, algunos médicos te hablaban del caso extraoficialmente mientras dictaban clase. Pero de alguna manera, nadie lo menciona libremente. Ni en los libros encuentras casos similares”.

Hasta ahí yo no entendía muy bien a qué se refería el viejo. Supuse que hablaba de muertos vivientes… lo cual por supuesto no podía estar saliendo de boca de un medico. Pero como verán, me equivocaba.

“A lo largo de mi carrera, tuve que atender varios casos que iban en contra de lo que me habían enseñado. Por ejemplo, un paciente con un derrame cerebral tan grave, que parecía que su cerebro estaba achicharrado. Teóricamente, con ese pobre hombre no había nada que hacer, pero ahí estaba asustado y diciéndome “Doctor, no me deje morir. Tengo dos hijas”. Yo no sabía qué hacer. Para mí, su cerebro estaba muerto. Medicamente yo no podía hacer nada. El tipo salió caminando de la sala de urgencias al otro día. Luego se le hizo un examen en el Hospital Universitario y el cerebro no dio lectura alguna, incluso parecía que estaba descomponiéndose. Murió de una septicemia a los dos meses”.

“El día que le hicimos el electroencefalograma, el técnico y yo ni siquiera nos miramos. No sé si el muchacho ya había presenciado un caso similar, pero lo único que hizo fue buscar un informe de otro paciente sano, cambio el nombre, las fechas y me lo entregó junto con otros exámenes que indicaban que el paciente estaba completamente sano. Yo firmé sin objetar nada. De esta manera la familia quedó tranquila y cuando aquel hombre murió de septicemia, nadie investigó nada. ¿Te das cuenta? El asunto es rutinario. Pasa todos los días. El cuerpo humano sigue funcionando sin que sepamos como lo hace. A mi consultorio llegó una vez un indio que se quejaba de unos dolores de cabeza terribles y que no le habían podido controlar. El médico que me lo remitió había hecho una anotación en el informe con bolígrafo rojo que decía MIGRAÑA CRONICA*. Ese asterisco es un código que algunos médicos manejan para decir que la cosa es increíblemente rara. Si alguna vez encuentras un asterisco rojo en una formula medica, asústate”.

“De inmediato supe que se trataba de un paciente interesante. Pero al examinarlo, me di cuenta que era algo que ni la religión podría explicar. Su corazón no latía, sus reflejos se habían ido de vacaciones y sus pupilas eran enormes. La sangre no se movía por sus venas. Ponerle el estetoscopio en el pecho daba el mismo resultado que ponerlo en una lapida de mármol. Le tomé una muestra de sangre y esta era negra. Casi necrótica. Yo no podía hacer nada por él, ¡me habían enseñado a curar gente viva! Técnicamente, un muerto no es un paciente”.

Bebí otro trago de whisky pensando que el tipo me estaba "mamando gallo". Entonces, yo comenté que debía tratarse de una respuesta anómala del cerebro. En mi mente, me imaginaba un computador al que se le dañó el procesador pero que aun te muestra los datos de la BIOS. En ese caso crees que aun funciona. El viejo no aceptó mi teoría.

“¡No! No es un asunto cerebral. Con esos casos me di cuenta que el cerebro no contiene la conciencia, ni controla nada. En teoría, podrías extirpar todos y cada uno de los órganos y la persona podría seguir viva. El problema médico radica en que no sucede en todos los casos. Tengo un caso mas increíble aun: el de un gerente de una multinacional que no tiene cerebro. ¡Imagínate! ¡No tiene cerebro!, y es el gerente de una empresa gigantesca. ¿Cómo lo explicas?”.

“Y finalmente, eso fue lo que me hizo tanto daño; tanto como para abandonar mi carrera. Y como me imagino que no me crees, entonces te planteo esta situación: cuando ves a una persona dormida, sabes que está dormida. Cuando ves un muerto, sabes que está muerto. Si pongo a un muerto al lado de un personaje dormido, seguramente sabrás diferenciarlos. La muerte puede verse, o percibirse, al igual que la vida. ¿Sí o no?”.

Tuve que responder que sí. Y es verdad, todos sabemos diferenciar entre una estatua de cera, un dormilón y un cadáver. Somos prácticamente la única especie con esa capacidad… y creo que también los elefantes.

El viejo se levantó y salió de la habitación. A su regreso, traía consigo una caja grande de madera. La abrió con parsimonia. Dentro podía verse un montón de viruta de madera. Hurgó un poco y extrajo un cráneo humano. Me preguntó: “Míralo bien. ¿Está vivo o muerto?”.

Yo le aseguré que estaba muerto, y el viejo asintió satisfecho. Luego metió la mano nuevamente y sacó otro cráneo humano. No me van a creer, pero el corazón casi se me sale por la boca.

“Ahora mira bien este… ¿está vivo o muerto?”. Yo guardaba silencio. Esa cosa estaba viva… no sé cómo, pero así era. No pude articular palabra, así que el viejo siguió hablando.  

“Está vivo. Este cráneo vive. No se mueve porque le faltan todos los músculos y no tiene como descomponerse. Pero esta vivito y coleando”. Me lo pasó y yo tuve que rechazarlo. No podría tocarlo de ninguna manera. El viejo sonrió.

“Me lo regaló un medico holandés que estudiaba este fenómeno en privado. El tipo se suicidó a principios de los noventa. Pero aun hay mas, espérame un momento”.

Volvió al rato con otra caja cubierta con una tela oscura y al parecer su esposa lo reprendió por “estar sacando esa cosa tan fea”.

“Espera y veras. Te voy a presentar a una amiguita”.

Removió la tela y ¡ta-ran! Se descubrió una caja de vidrio, como un pequeño acuario. Dentro había una mano cortada mas o menos hasta la mitad del antebrazo. Estaba sumergida en un líquido, seguramente formol.

Y se movía como un pez.

Yo me levanté de la silla muy nervioso. Ya no me parecía divertido. Además, para entonces el rostro del médico rayaba en la locura. Indudablemente era debido al whisky de 24 años… pero yo me sentía en el gabinete de un científico loco.

“Tranquilo, que no se va a escapar. Es que es muy inquieta. Y se me está dañando, ¡qué pesar!”.

En efecto, la mano no se veía en muy buenas condiciones, el dedo meñique ya no tenía carne y la última falange se había desprendido; el muñón por donde estaba cortada parecía musgo. De lejos, es la cosa mas inquietante que he visto.

“Perteneció a un motociclista que se mató en la avenida sexta. Se decapitó pero al final seguía moviéndose y la cabeza trataba de hablar en todo momento. En la sala de urgencias tuvimos que darle con martillo para que al menos no se moviera y la familia pudiera verlo bien muerto. En esos casos hay que dañar tendones y músculos para dejarlos estáticos porque el cadáver no deja de moverse. Yo me quedé con este recuerdo, para investigarlo en privado. Pero finalmente decidí abandonar todo este cuento”.

“La verdad es que algunas personas y algunos seres son insuflados con algo que no es propiamente vida. Si me preguntas a mí, te diré que estos personajes están poseídos por algo mas. Algo que no es de este mundo”.



Yo ya no podía mas. Me despedí y a la vez pedí disculpas. El viejo se quedó sentado con su “mascota” y su esposa me acompaño a la salida. Estaba incomoda con la situación: “Yo me imagino cómo debe sentirse. El viejo nunca ha hablado de esto con alguien que no sea medico, pero yo le ruego que no le cuente nada a nadie. ¿Me lo promete?”. Yo le prometí que si… aunque ahora estoy faltando a mi palabra. Ojala me perdone.

Salí de esa casa completamente aterrado. Aquella mano estaba viva y nadaba entre el liquido como un pez infernal. Esa noche comprendí que algunas personas poseen una “vida diferente” a la de otras. Algunas han sido poseídas por alguna entidad que hace que sus cuerpos y mentes funcionen a un nivel completamente distinto. Lo inquietante del asunto es que podría pasar a cualquiera. Tal vez cuando nacemos “algo” se apodera de nuestros cuerpos y los mantiene en movimiento, aun cuando biológicamente sea imposible. Esa noche, al ver aquella mano nadar como un pez, supe que la vida tiene un secreto inconfesable.

Y tal vez maligno.

Nunca volví donde aquel medico. Y tampoco volví a beber whisky de 24 años. 

miércoles, 4 de julio de 2012

A un pelo del Apocalipsis...


Jamás se me pasó por la cabeza ser médico. Los admiro mucho, eso sí. No sé cómo hacen para soportar tanta muerte, tanto dolor y sufrimiento en los pacientes. De verdad que se necesita tener vocación para seguir esa carrera...

Debo reconocerles también, que su trabajo es tremendamente duro, arriesgan sus vidas y su propia salud.

Y admiro mucho mas a aquellos que deciden trabajar en el Hospital Universitario del Valle: ese sí que es un verdadero campo de batalla.

Hace pocos meses sucedió algo bien raro allá. Una ambulancia trajo a un negro chocoano, dicen algunos que de la región conocida como “Sivirú”. Los médicos que lo atendieron no podían controlar sus convulsiones. Su estado no solo era gravísimo, sino también rarísimo: no tenia pulso y estaba a temperatura ambiente, o tal vez mas frío. Sus pupilas no reaccionaban y no presentaba reflejo alguno. Tan solo convulsionaba sin cesar y de seguir así se partiría la columna en dos.

Según su mujer, el tipo estaba cortando un enorme árbol de balso cuando, de repente, un líquido negro brotó de la madera hasta su rostro. El hombre se sintió muy mal y regresó a la casa, donde su mujer intentó calmarlo a punta de agüitas. Como la cosa se estaba poniendo fea, lo llevaron al puesto de salud. De ahí fue necesario trasladarlo hasta Quibdó y de allá finalmente decidieron mandarlo en helicóptero hasta el Hospital Universitario del Valle.

Las convulsiones eran tan tremendas que tuvieron que amarrarlo al llegar al hospital. Un joven médico trataba de diagnosticar el asunto, pero, según sus conocimientos, el tipo estaba bien muerto… tal vez no se había enterado y se aferraba a la vida de alguna extraña manera. Una de las enfermeras, también negra y también chocoana, se dio cuenta de algo que los demás jamás notaron. 

Y por eso salió de la habitación, se lavó con alcohol y se largó del hospital para jamás regresar.

Finalmente, el tipo se calmó; no respiraba, su corazón no latía, estaba frío como un helado de vainilla y tenía la misma inteligencia de una lata de atún. No dejaba de mover sus ojos. El joven médico solo pensaba en una palabra: zombi. 

Es que era aficionado a las películas de terror…



Finalmente decidieron llevarlo hasta la Clínica Valle del Lili, donde probablemente encontrarían alguna explicación para tal condición. Bien amarrado, lo subieron nuevamente a la ambulancia. Y arrancaron hasta su destino a la usanza de las ambulancias: a toda velocidad y con ninguna responsabilidad.

Y a toda velocidad se estrellaron magistralmente en el cruce de la universidad del Valle, la ambulancia se desintegró y el camión que bajaba desde Ciudad Jardín voló varios metros. El negro salió despedido de la ambulancia y fue embestido por una camioneta, lo dejaron hecho una masa de carne abyecta y nefasta. Quedó poco para recoger, tanto de los tripulantes de la ambulancia como de su paciente.

Y así terminó uno de los casos clínicos mas raros vistos en el hospital. Nadie estudió los restos por andar dando explicaciones a los medios. En este país, el choque de una ambulancia da para dos o tres semanas de noticias.

Pero debieron preocuparse mas por nuestro querido negro. En sus venas corría una de las maldiciones mas terribles para la humanidad. En algunos años diezmará a la especie humana hasta casi la extinción. Se trataba de un virus que los aficionados a las películas y libros de zombis conocen muy bien.

El virus “Solanium”.

En unos años mas será una gran noticia. Solo esperen y verán...  

martes, 3 de julio de 2012

Doña Chelo


Era un viernes por la mañana. Había acudido al “Rapimercado de Rafa”, una miscelánea del barrio “El poblado 2” de Cali, a recoger las ganancias de una maquina tragamonedas que tenia ubicada en este local. El procedimiento era sencillo y aburridor: abrías la maquina, sacabas el cajón con las monedas y las contabas con la maquinita diseñada a tal efecto. El treinta por ciento era para el dueño del local y el restante para mí. Este local me gustaba, lo mantenían bien limpio y organizado. Contaba con panadería, videojuegos, tragamonedas, zona para beber y mercadillo. Algunas veces aprovechaba la visita a este sitio para comprar plátanos y papas para mi madre. También solía comerme un par de “empanadas de cambray” con Coca-Cola.

Hacía calor. No sofocante, pero casi. El dueño, Rafa, solía charlar con todo mundo y bromeaba con las mujeres y los niños. Era dicharachero. Pero ese día, llegó un momento en que todos guardaron silencio. Las transacciones en la caja se aceleraron y varios de los clientes habituales salieron del local. Quedábamos un borracho matutino, Rafa y yo con mi maquina de contar monedas.

Apresurado, Rafa se acercó al mercadillo y buscó algunas hierbas. Alcancé a ver manzanilla, albahaca, menta y tomillo. Las trajo hasta el mostrador y se quedó mirando hacia la entrada del local. La curiosidad llevó mi mirada hasta ese punto, donde vi que se acercaba una ancianita menuda y decrepita, con las cataratas mas graves que había visto. La piel prácticamente se había fusionado con los huesos y su vestimenta daba verdadera lástima. Caminaba trabajosamente y con cada paso abría la boca y mostraba sus encías marchitas. El cuadro era subliminal. Antinatural. Debo reconocer que me estremecí.

Rafa parecía fastidiado e incomodo. “Uff doña chelito, hoy esta mas berrinchuda que nunca. Tome sus hierbitas y devuélvaseme rapidito”. La anciana se acercó al mostrador, tomó sus hierbas, emitió un gruñido de agradecimiento y dio media vuelta. Al hacerlo, reparó en mí –que a esas alturas estaba paralizado- y se quedó mirándome con gravedad. “¡Apúrele doña chelito que me espantó a la clientela!. ¡Hágale a ver!”.



En ese momento, la anciana lanzó una mirada rencorosa hacia Rafa y luego me sonrió… al menos eso creí, pues era la mueca mas aterradora que se puedan imaginar. Se me erizó hasta el último pelo. Luego salió del local, caminando tan trabajosamente que parecía que se iba a desbaratar en cualquier momento. 

“Esa vieja huele horrible. Llevaba unas dos semanas sin venir. Viene por sus hierbitas y se las mete entre la ropa para bajarse el olor”, Rafa echaba ambientador en su tienda con rabia y resignación. Yo no hablaba. La verdad estaba muerto del miedo (y del asco).

Apresuré mi conteo de monedas pues quería salir de ahí lo antes posible. Sin embargo, no podía dejar de indagar sobre doña chelo: “Rafa, ¿y de donde salió esa vieja?”.

“Viejo, esa señora lleva viviendo mas de 80 años aquí en el barrio. Lo raro es que nadie la conoció de joven”. Rafa quería decirme que llevaba 80 años siendo una anciana decrepita, pero yo no lo comprendí entonces. “Algunos dicen que está muerta, pero que nunca se dio cuenta o que no lo quiso aceptar. Mi papá se la tuvo que aguantar toda la vida, y ahora me toca a mí. ¡Ni que no hubiera otras tiendas!”. Yo no pregunté más. Había terminado con mis moneditas. Repartimos las ganancias y me largué de ahí. Al subirme a mi auto busqué con la mirada  Doña Chelo, pero afortunadamente no la vi por ningún lado.

Jamás pude olvidar su macabra sonrisa.

La viejita llegó finalmente a su casa. Tenía las hierbitas de Rafa fuertemente apretadas en su mano.

Su casa era absolutamente miserable. No había servicios públicos, los muebles y la decoración se caían de antiguos y el polvo era una constante peligrosa. Era una vivienda ponzoñosa y malsana. Se respiraba vejez y muerte. Hacía muchos años los vecinos habían intentado enviarla a un ancianato, pero la vieja se había resistido con una fuerza descomunal. Como nunca se enfermaba y tampoco molestaba a nadie, finalmente habían dejado de insistir. El único afectado era Rafa, que tenía que suministrarle hierbitas cada dos o tres semanas.

La vieja entró y se sentó en su cama. Tomó las hierbitas y soltó una risita macabra mientras las machacaba con las manos. Entonces abrió la andrajosa blusa y buscó algún agujero en su carne, donde finalmente metió el aromático paquete. Luego se recostó, siempre con su sonrisa y se quedó mirando al techo. Ahí estaría por algunas semanas, hasta que percibiera nuevamente el mal olor de la carne seca.
Porque Doña Chelo estaba muerta. Y lo había estado por muchos años. Y no es que no se hubiera dado cuenta, pues ella tenía clarísimo lo que significaba la muerte. Lo que pasaba es que no podía irse aun.

Ella estaba esperando.

Este caso no es aislado, créanme. Muchos aun deambulan por ahí, con cara de enfermos, pero sus corazones no laten mas que el de la estatua de Belalcázar. 

¿Muerto yo?



La vida es un fenómeno bastante curioso. Los científicos le dan connotaciones biológico-físico-matemáticas sumamente exactas para al final darle una explicación mas bien milagrosa. Supongo que es el mas grande de los misterios (seguido de cerca por la razón). Pero algo muy especial tiene la vida, pues donde llega siempre se queda. Incluso la muerte se queda en pañales cuando la vida muestra su faceta mas obstinada y terca. 

Este será un "julio zombi" y espero que lo disfruten.