viernes, 23 de marzo de 2012

No olvides ir al medico de vez en cuando

Cuando vayas al médico… ¡pide que te examinen de verdad!

Muchos casos jamás son comentados. Algunos enfermeros prefieren hacerse los de la vista gorda cuando detectan pacientes con un tercer latido o cuando ven que algunas mujeres conservan fetos en sus vientres por muchísimos años sin jamás enterarse de sus embarazos. Algunas han llegado a edades tan avanzadas con fetos que, de antiguos, se habían enquistado en sus úteros.

Se supo de alguna loca que hablaba con un niño que vivía en su vientre. Le hablaba y hasta lo educaba. Incluso se dice que alguna vez tuvieron una pelea magistral y que la vieja se pegaba golpes en la barriga. Fue considerada loca, pero jamás la examinaron. Al final se suicidó.

Esa autopsia fue espantosa. Al morir la loca, su hijo (o lo que fuera) no murió, y salió gritando cuando los forenses abrieron su vientre. Uno de los tipos está ahora en el Hospital Psiquiátrico San Isidro. El otro se puso a vender flores en un cementerio.

Otro caso bien feo fue el de un desnutrido que siempre llegaba a una de las EPS de Palmira. Todas las veces que acudía estaba anémico, con dificultad para respirar, de mal aspecto y siempre con hambre. Los médicos se acostumbraron a verlo y poca atención le prestaban. El tipo presentaba latidos adicionales en su pecho, pero siempre lo achacaron a su mal estado.

El pobre solo se calmaba cuando comía abundantemente. Solo así podía superar sus crisis.

Pero, ¡era tan pobre! ¿Cómo podía alimentarse bien? Una vez sufrió un desmayo en la calle. Un medico pasaba casualmente y se detuvo a ayudarlo. Logró reanimarlo y le pidió que le dejara examinarlo. El médico acababa de comer maní y su aliento era bastante notable. Puso un bajalenguas en la boca de nuestro flaco y observó con la linternita. Entonces pasó algo que hasta hoy no es aceptado por el atento medico.

De su garganta salió un apéndice serpenteante rematado con una pequeña cabeza de aspecto humano. Pudo ver que los ojillos de la criatura estaban atrofiados y que tenía unos mechones de pelo negro. La cosa trató de alcanzar al médico al oler el maní. En esas el flaco volvió a quedarse sin respiración y se apretaba la garganta.


El médico ya no tenía ganas de ayudar. Le dio un billete de cincuenta mil y le dijo que tratara de alimentarse muy bien. Luego se largó y no pudo dormir en muchas noches.

Y desde entonces usa los bajalenguas con muchísima cautela. 

jueves, 22 de marzo de 2012

La cura de todos los males

¿Buscan una cura contra el cáncer? ¿Contra el SIDA? ¿Les van a amputar una extremidad? ¿La tuberculosis los está matando?

Fácil, simplemente vayan a uno de los famosos centros comerciales del sur de Cali y busquen a un pseudo-medico que mas bien parece un indio amazónico. Allí podrán encontrar la cura para cualquier mal que los aqueje.



¿Será un charlatán? En mi opinión (y la de la mayoría de médicos) es claro que sí lo es.

Además parece ser muy peligroso, pues su estadística de éxitos es alarmantemente baja y cuajada de dudas. El te cura el cáncer, pero aun así, al mes te mueres… según el por otras causas… En fin, su local es famoso. Aquel medico te curará con medicamentos bastante peculiares: aguas rosadas, pepas de azúcar, jabones milagrosos o incluso veneno de alacrán azul (que nadie sabe realmente de donde lo saca…) y hasta malteadas de células madre.

Te recuerdo: el tipo tiene capacidad de curar cualquier enfermedad. Por extraña que sea.

Eso sí, el tratamiento es costoso, más que el de cualquier otro médico. Cuentas de 8 y 9 cifras son comunes en su caja registradora.

Es un medico feliz. Y por supuesto es un millonario notable.

Pero no esta exento de problemas.

Hoy es uno de esos días. En este momento tiene un revolver 357 con cacha de oro apuntándole entre los dos ojos. El dueño es un mafioso de loca mirada y muy desesperado.

El doctor Edwin ya ha pasado por esto. Es una situación muy común en su consultorio y siempre la ha sabido manejar. Pero la mirada del mafioso del 357 le preocupa hoy mas que nunca: el tipo no solo está desesperado y furioso, sino que está loco de remate.

“¡Salve a mi hija o le empaco las seis balas en la cabeza! ¿¡Me oyó bien!? ¡Sálvela ya!”.

Edwin trató de calmarlo, le informó que no podía hacer un diagnostico adecuado con un revolver tan cerca. Se acercó a la chica y la revisó con parsimonia. Le pidió a la lacrimosa madre que le entregara el historial médico de la paciente. Los exámenes y demás documentos tenían el logotipo de la “Fundación”. Esto preocupó mucho al medicucho pues en el fondo tenia clarísimo que esos médicos eran verdaderos profesionales y que sabían lo que hacían.

La muchacha tenía un cáncer terminal. Los documentos eran clarísimos y el oncólogo prácticamente la había desahuciado. Edwin se imaginó que aquel oncólogo también habría conocido al 357 de cachas de oro y que seguramente lo había recomendado a él cómo última opción para quitarse al mafioso de encima. De repente sintió un profundo odio hacia los médicos de la fundación. Los odiaba con el alma.

Edwin apretó los dientes. A la muchacha le quedaban pocos días de vida. Se levantó y miró al padre:
“No se preocupe. Aquí la podemos curar. Sin embargo va a ser muy difícil… nunca debió llevarla a la Fundación, allá solo matan gente. Seguramente me recomendaron a mi cuando el caso se les salió de las manos. Voy a hacer todo lo posible…”

El padre de la chica apretó el revólver contra la nariz de Edwin:

“No haga lo posible: sálvela. O lo mato”.

Edwin estaba asustado. Verdaderamente asustado. Nada en este mundo iba a salvar a esa pobre muchacha. Tragó saliva y le dijo al tipo que dadas las condiciones del caso le iba a costar unos quinientos millones de pesos. El mafioso aceptó y pidió a sus guardaespaldas que trajeran dinero de inmediato. Edwin empezó a temblar, pero esta vez debido a la emoción. Incluso llegó a preguntarse si el tipo le habría dado mil millones… pero con eso bastaba.

Metió a la chica en el “consultorio” y le hizo varios “tratamientos”, uno de ellos a base de tabaco y otro con un preparado de veneno de alacrán azul. Se tomó un par de horas con la muchacha. Esa era una estrategia comercial, pues los pacientes colombianos estamos acostumbrados a que nos revisen en diez minutos y nos manden a la casa a tomar ibuprofeno. Edwin no era de esos, el se preocupaba por su paciente y lo mandaba a casa curado.

Le informó al padre que la muchacha estaba lista, que no se preocuparan por nada. La palidez y el malestar desaparecerían en un par de días. El mafioso se derrumbo, lloró como un niño y abrazó a Edwin: “usted es el mejor doctor del mundo… gracias… gracias…”.

Se fueron del local y finalmente nuestro medico amazónico pudo respirar tranquilo. Sin embargo no todo estaba solucionado. Esa muchacha se iría al otro mundo en uno o dos días, según el diagnostico de los verdaderos profesionales de la Fundación. Pidió a su secretaria que le consiguiera unos pasajes con destino a una paradisíaca isla del Caribe… y le dijo a ella que se tomara unas dos semanas de vacaciones.

Sin embargo, las cosas se precipitaron. A eso de las dos de la tarde aparecieron dos de los guardaespaldas del mafioso. Entraron al local y encañonaron a todo el mundo, tomaron bruscamente al doctor y después de un par de golpes lo sacaron bruscamente de su consultorio con rumbo al parqueadero.

Edwin estaba desesperado y muy asustado. Preguntó porque el alboroto y uno de los guardaespaldas le espetó: “La niña acaba de morirse”.

No se imaginan la palidez de Edwin. Aun así, su cerebro de charlatán empezó a trabajar a alta velocidad. El mafioso vivía muy cerca, en el barrio Ciudad Jardín, en una ostentosa casa decorada con pésimo gusto. Empujaron a Edwin hasta el enorme cuarto de la niña donde le esperaba un furioso y enloquecido padre. El 357 de cachas de oro volvió a tocar la nariz del médico, quien extrañamente ya se estaba acostumbrando.

El padre de la chica estaba loco, sus neuronas habían cambiado para siempre desde ese momento y ahora la oscuridad reinaba en su alma: “Sálvela”, dijo mientras amartillaba el revólver.

Edwin se acercó a la cama. Tocó a la chica y revisó sus pupilas. No había que ser médico para saber que la pobre estaba bien frita. No había nada que hacer. Edwin se levantó lentamente, sabedor que las armas del padre y de los guardaespaldas le apuntaban indolentemente esperando el veredicto.

Edwin había tomado una decisión. Una terrible decisión. Pero consideraba que su vida y quinientos millones valían el riesgo.

“Llevémosla al consultorio. Todavía no ha muerto, es solo una reacción a los medicamentos”.

Hicieron el trayecto de regreso a toda velocidad. Edwin metió a la chica en el consultorio y pidió que lo dejaran a solas con la paciente. Uno de los guardaespaldas inspeccionó el lugar buscando posibles rutas de escape.

El médico abrió un armario y buscó en una trampilla. Ahí estaba. Un diminuto frasco lleno de un líquido negruzco y con una raíz en el interior. Era un legado de su padre, quien lo había heredado de su padre y así sucesivamente durante generaciones.

Y que jamás había sido utilizado.

Edwin lo miraba hipnotizado y un poco asustado. No había sido medico, simplemente había heredado las artes de sus antepasados las cuales le habían enseñado a sobrevivir. Durante su niñez y juventud había aprendido a leer manos, humo de tabaco, café y mil cosas mas. Sabía como recuperar amores y como vengar traiciones… pero eso no dejaba mucho dinero. Y Edwin era ambicioso. Pronto había descubierto que el negocio era curar el cáncer, así que había elevado la charlatanería a nuevos niveles. No recordaba a cuantos pacientes había matado. Incluso había llegado al extremo de colarse en clínicas para ayudar a pacientes. Una vez había añadido tinta china roja a una bolsa de solución salina… era demencial, pero los familiares de los pacientes “veían” acción, veían una actuación que les daba confianza y eso reanimaba sus esperanzas. No importaba si la muerte era el resultado final. La gente pagaba para ver el acto teatral de un medico que verdaderamente hacia algo por ellos. Y pagaban muy bien.

Pero ahora Edwin se sentía verdaderamente acorralado. Por primera vez no veía una solución basada en sus mentiras.

Así que se puso unos guantes, un tapabocas y tomó una aguja de acupuntura. Abrió el frasquito y metió la punta de la aguja en el líquido. Solo eso bastaba. El médico temblaba, recordaba las palabras de su padre, quien le había asegurado que un error con ese frasco cambiaria la faz de la tierra para siempre. Que solo debía usarlo en el caso mas extremo. Y Edwin consideraba que este definitivamente lo era.



Descubrió el abdomen de la chica muerta y enterró la aguja en su totalidad, se ayudó con un bolígrafo para lograr que la aguja se quedara dentro de la paciente. Guardó el frasco y quemó los guantes.

Esperó durante una hora.

Entonces, la paciente reaccionó con un leve temblor. Cinco minutos después había abierto los ojos y trataba de incorporarse. Edwin la ayudó y verificó sus pupilas.

Era demencial. Médicamente la chica seguía bien muerta, pero babeaba y miraba hacia todos lados erráticamente como una tonta.

El médico abrió las puertas y les pidió a todos que siguieran. Los padres corrieron a abrazar a la niña mientras sollozaban agradecidos. Los guardaespaldas observaban boquiabiertos, uno de ellos se persignó y miró seriamente a Edwin. Aquel guardaespaldas había sido paramédico y tenia clarísimo que aquello era imposible.

Edwin les pidió a los padres que cuidaran bien de la niña, ella no volvería a recuperar el color y quedaría embrutecida. Pero según  él era consecuencia de la mala praxis de la Fundación y no de su tratamiento. No debían descuidarla y tampoco podían dejarla deambular por ahí. El padre preguntó si volvería a tener una recaída, pero Edwin le aseguró que jamás volvería a enfermarse. Y esta vez estaba totalmente seguro de ello.

Porque aquella chica no estaba viva. Y seguiría muerta por toda la eternidad.

Edwin despidió al agradecido grupo. Ahora si podría disfrutar de los quinientos millones.

Y una vez mas se arrepintió de no haber pedido mil… ¡aquel tratamiento sí que los merecía!


Nota aclaratoria:  Mi mejor amigo es un reconocido médico internista y fue él quien me aclaró que el veneno del alacrán azul no se comercializa en ninguna parte. Hoy por hoy es un mero objeto de investigación y no van a poder conseguirlo en ningún lado. Este veneno solo se produce en Cuba y únicamente con fines experimentales, así que NO SE DEJEN ENGAÑAR POR MÉDICOS COMO EL DE MI HISTORIA. 

miércoles, 21 de marzo de 2012

Un gringo amargado

En el barrio “Prados del norte” de Cali vive un gringo cuyos traumas van mas allá de lo que podríamos comprender. Los que lo conocen dicen que es un amargado y un resentido. El tipo no se aguanta a los niños que juegan en la calle o a las señoras que arman corrillos para chismear de vez en cuando. Solo está conforme cuando la calle queda vacía. Su casa tiene una reja y carece de timbre. Así que es difícil entrar en contacto con él. Nadie sabe en qué trabaja o que hace. Solo saben que sale una vez por semana en su camioneta y se pierde en la vía hacia Palmira.

Pero la verdad es que no es un tipo malo. Simplemente trata de proteger al mundo de sí mismo y tratar de vivir la vida al mismo tiempo.

Un amigo mío lo conocía (me pidió que no diera nombres). Alguna vez se enfrentaron a insultos porque habían parqueado frente a su casa y el tipo se irritaba endemoniadamente con aquellos que invadían su espacio. Mi amigo no le paró muchas bolas, lo cual hizo que el viejo se atreviera a salir de la casa. Los argumentos tales como “la calle es de todos” o “es que usted no está utilizando este lugar” no valieron de nada. De todas maneras ninguno de los dos quería ceder en sus razones (mi amigo es un pendenciero de mil diablos).

Cuando la situación estaba llegando a su clímax, mi amigo percibió un cambio en el viejo. Un polvillo apareció en su rostro y en la esclerótica de sus ojos aparecieron unas pepas negras. Y también apareció un olor como de ensalada.

“Viejo, yo me asusté, ese tipo empezó a ponerse como enfermo y te juro que estaba echando humo por la piel”.

Al final decidió no molestar mas al gringo. No valía la pena indisponerlo tanto, mi amigo es perverso, pero también sabe que existen límites que deben ser respetados.

Esa tarde el viejo salió y desapareció en la vía a Palmira.

Mi amigo enfermó espantosamente esa noche, y estuvo hospitalizado varios días.

Yo no le pude creer lo del humo.

Jackson Gillespie salió en su camioneta a alta velocidad. Al principio confundió el camino y tuvo que hacer el retorno en la glorieta del “monumento a la solidaridad”. Luego tomó la avenida tercera con rumbo al pueblo de Rozo.

Concretamente  hacia una región conocida como “Risaralda”.

Iba ofuscado, enfermo. Ese estúpido muchacho se había acercado demasiado, y él no se había controlado. Solo esperaba que el pobre chico estuviera bien.

Tal vez lo mejor sería esconderse definitivamente en el campo. Ya estaba negociando una pequeña parcela en las afueras de Rozo, un pueblo tranquilo y poco mencionado por los medios.

Estaba sudando a mares. Y el aroma a humus y vegetales impregnaba el interior de la camioneta. Gillespie aceleró y confió en que no hubiese retenes de la policía. De ser así tendría que intentar un escape. No le gustaba que la gente muriera por causa suya.

Dio la vuelta en la entrada principal de rozo y finalmente llegó al pueblo. Ahora había un humo violeta en la camioneta, la gente no se daba cuenta gracias a los vidrios polarizados, los cuales le habían traído mas de un disgusto con las autoridades.

Se metió en la vía destapada que conducía a la casucha que pensaba comprar. El dueño le había autorizado ir sin avisar mientras culminaban los trámites. Además no había nadie en las cercanías. Una vez había encontrado a un pordiosero durmiendo en la casa, había intentado persuadirlo para que se largase, pero el tipo no quiso...y terminó convertido en una masa blanquecina y pastosa.

Frenó angustiado y rápidamente salió de la camioneta. A esas alturas ya estaba desnudo y su piel se había llenado de unos pequeños cráteres de aureola blanca y centro rojizo. Parecían las ventosas de los tentáculos de un pulpo. Despedía un humo morado o violeta y un fuerte olor a descomposición vegetal. Corrió entre la maleza y a su paso las plantas se marchitaban rápidamente. En su cuerpo sabia que la situación estaba llegando al límite. Se detuvo y entonces, de cada uno de sus cráteres, brotó un hilo de humo negro haciendo un “puffff” maloliente y mortal. Todo lo que había en un radio de diez metros quedó marchito y dañado, como si un acido hubiera carcomido cada planta y cada animal. Gillespie respiraba entrecortadamente, su presión arterial estaba descontrolada y tenía miedo de lastimarse. Se quedó bien quietecito, mientras sus células se estabilizaban. Cuando todo terminó, se dejo caer cansadamente. Ahí se quedó sentado, recordando el origen de su extraño mal.



Todo sucedió entre 1984 y finales de 1985. Trabajaba en la isla Andros, en las Bahamas. Había sido asesor científico para Autec. No era militar ni mucho menos marino. Pero la marina había encontrado una extraña puerta a tan solo seiscientos metros de profundidad al norte de la isla. Los marines habían logrado abrirla y dentro habían encontrado un hábitat bastante extraño.



Gillespie era un botánico dedicado. Su especialidad eran los hongos. Para esas fechas estaba felizmente casado con una elegante mujer y tenía dos niñas preciosas. La oferta de Autec había sido lo suficientemente jugosa como para que Jackson se alejara de ellas y las dejara solas en New Jersey.

Recordaba que aquel fatídico día habían bajado hasta la fosa en un moderno submarino, de esos que ni siquiera hoy se han dado a conocer al mundo. Esa fue la primera y última vez que Gillespie vio la puerta. Estaba oculta bajo una enorme roca, la cual fue izada por una enorme grúa submarina.

Lo que vio fue un circulo de roca separado en varios segmentos, cada uno con un símbolo diferente, iluminado por varios submarinos y por una plataforma científica de aspecto súper avanzado. Cerca había buzos… o bueno, al menos eso suponía, pues eran hombres sin equipos de buceo o escafandras. Se movían con total libertad y confianza a esa profundidad.

Entonces el submarino atracó en una saliente de la plataforma y fueron conducidos por una serie de tuéneles. Recordaba una leve molestia en los oídos y un fuerte sonido de maquinarias. Debió ponerse un traje especial y un sistema de respiración autónomo. Al principio pensó asustado que debería bucear, y el no sabía como hacerlo.

La misteriosa base AUTEC según Google Earth

Nunca vio en qué momento cruzó por el portal, tan solo recuerda que de repente se abrió paso en una algodonosa y espesa selva. Entonces comprendió que el equipo no era para bucear, sino para aislarlo de algún aire ponzoñoso. Le pidieron que estudiara y recolectara muestras. Pero que lo hiciera con cuidado sin alejarse del grupo.

Dos cosas eran maravillosas desde el inicio. Primero que todo, una selva en las profundidades del océano, aislada por una puerta que indudablemente había sido construida por una civilización inteligente. Segundo, una selva compuesta exclusivamente de hongos. ¿Cómo lograban sobrevivir? ¿Se devorarían unos a otros? El suelo era terroso, pero a la vez viscoso. Gillespie estaba aterrado y maravillado. Su carrera podría llegar a la gloria en tan solo una hectárea de aquella selva. Luego cayó en cuenta de algo: el lugar estaba iluminado. Buscó la fuente de luz mirando hacia arriba, pero no pudo distinguirla.
Al regresar la mirada a la selva vio un pequeño bicho en frente suyo. Era la cosa mas rara del mundo. Se imaginó que sería un fantástico juguete para un niño. No tenía patas, sino un faldón vibrante como el de los caracoles, poseía cuatro miembros, cada uno con tres “dedos” rematados en unas pequeñas esferas. Su rostro apuntaba con una trompa como de oveja y su cabeza terminaba en forma de porra. Tres ojos del color del aceite quemado le miraban fijamente. Lo impresionante era el color, parecía un caramelo navideño: fondo blanco con rayas de color rojo. Se acordó de las señales de las barberías, de rayas rojas y blancas. Su mente de científico ya trabajaba en posibles nombres: “Gasterópodo arlequín”, “reptador payaso”, “mono caramelo”…

Volvió la mirada buscando a los militares, pero estos estaban en otro cuento. Decidió acercarse y solo se detuvo cuando estuvo a un metro de la criatura. Definitivamente parecía un gasterópodo. Su piel recordaba la de los caracoles, viscosa y brillante. Los ojos eran unas bolas negras con reflejos plateados, no parecían múltiples. De repente el bicho saltó a su cara.

Gillespie no reaccionó a tiempo. Pero tampoco gritó.

Eso dio tiempo al extraño ser de las profundidades para que pudiera atravesar el traje del científico y mordiera su frágil y humana piel. Entonces se escuchó un disparo que destruyó la cabeza del animalillo y le mandó lejos de Gillespie.

El científico estaba aturdido y asustado. Algunos hombres le ayudaron a levantarse y lo cubrieron con una burbuja plástica. Entonces lo regresaron a la plataforma submarina.

No regresaron a buscar al bichito, sabían que habría escapado a pesar de no tener su cabeza. También sabían que la cabeza le crecería nuevamente en unas horas.

Gillespie pasó varios días en la plataforma. Fue victima de terribles dolores y debió convivir con otros pacientes. Uno de ellos era “buzo” de la marina. Solo que este tenía agallas propias en su cuello, cresta ósea en su cráneo, manos y pies palmeados y unos saltones ojos útiles para ver bajo el agua. Había sido criado con los demás “tritones” de la marina y trabajaban exclusivamente en la zona de las Bahamas. Gillespie pensaba que era un experimento bastante inhumano por parte de los marines. Varios días después del incidente con el bicho, Gillespie vio horrorizado como aparecían los cráteres en su piel, el humo violeta y el olor vegetal. Ese día supo como explotar.

Las esporas que emitió mataron a 20 personas y enfermaron gravemente a 5 mas. Fue terrible. Entonces comprendieron que los estudios sobre Gillespie deberían realizarse en las instalaciones de superficie en la isla Andros.

Fue transferido en una burbuja hasta la base militar y mas tarde comprendería que se había convertido en un objeto de estudio para los marines. Y él sabía bien lo que le pasaba a los objetos de estudio.

Su desesperación le ayudó a escapar en una lancha hasta Cuba y de ahí a Jamaica. Luego pensaba llegar a Honduras, Nicaragua o Costa Rica, pues podría perderse un tiempo en sus selvas, pero un huracán lo trasladó hasta Riohacha. Ahí supo mezclarse con la gente y viviría algunos años en Tolú y Medellín. Pudo vivir gracias a su familia y jamás se preguntó porque los militares no le habían buscado. Tampoco le maravillaba el hecho de tener siempre dinero en sus cuentas. Al final pudo afincarse en Cali, pero finalizando la primera década del siglo XXI notó que las “explosiones” se intensificaban. Así que decidió retirarse al campo.

Y ahí estaba, sentado en la que próximamente seria su propiedad, viendo como de las hierbas marchitas brotaban unas ramitas algodonosas. Se levantó y buscó ropa en la camioneta. Esta vez sí se habían dañado los asientos y el timón. Pasaría el resto del día buscando quien le arreglara el daño.

Pasada la explosión sentía tranquilidad y paz. Regresó a Cali dejando atrás un algodonoso recuerdo. Los hongos morirían luego de algunas horas y la tierra recuperaría la fertilidad de manera asombrosa. Sus esporas no podían vivir con esta presión atmosférica.



No dejaba de pensar en el tonto muchacho que lo había provocado esa mañana.

Ojala no fuera tan grave. 

Isabelita, una tenebrosa dama

Isabelita es otra de las mujeres tristonas de mi ciudad. La conocí en una kermes en el parque de la Flora. Yo llevaba a mi perro de paseo y ella ayudaba a vender unos pasteles. La vieja tendría unos cincuenta y tantos años, y no habríamos hablado de no ser porque dejó caer una botella de gaseosa. Esta cayó casi a mis pies dando vueltas enloquecida y esparciendo su delicioso liquido por todas partes. Me apresuré a salvar la situación y atrapé la botella, que en su feroz ataque había perdido casi la mitad del liquido (un gran porcentaje del mismo en mis zapatos). Le entregué la botella con mi mejor sonrisa (así me enseñó mi madre), ella me miró con solemnidad y me dijo: “Gracias marinero, a ti no te habría cortado la cabeza mi marido”, entonces se echó a reír de su chiste. A mí no me pareció tan gracioso… pero igual reí con ella. A continuación, me ofreció un pastelito de pollo y coqueteó un poco con mi enorme perro negro. Pedí permiso y seguí mi camino. La regordeta mujer se quedó mirándome mientras me alejaba. En mi rostro había recordado a uno de los grumetes de su marido.


Ella me dedicó un último pensamiento. “No, a ti no te habrían cortado la cabeza. Te habrían abierto el vientre de un tajo y habrían lanzado tus entrañas a los peces”.

La regordeta Isabelita regresó a su casa del barrio La Flora luego de la Kermes. Se había vendido todo y estaban satisfechos por poder colaborar con la comunidad. Hoy no había robado nada. Por alguna extraña razón no había sentido la necesidad de hacerlo. “Te estás volviendo vieja Isabel” pensó divertida y soltó una gran carcajada.

Era un chiste, pues Isabelita era mas vieja que la panela. De hecho, había nacido nada mas ni nada menos que en el año del señor de 1700. De padres pobres y de niñez difícil, Isabel había preferido una vida mas “fácil”, la cual le había llevado a las islas caribeñas, donde su cuerpo había entretenido a cientos de malolientes marineros. Años después se había convertido en una de las esposas de Edward Teach, mas conocido en estos lares como don Barba Negra. Y había navegado muchas veces con él en su apestoso barco.




Sin embargo, ser la mujer de un despiadado pirata no era para nada ventajoso. Había tenido que soportar las terribles rabietas del pirata en mas de una ocasión y su cuerpo amenazó con tirar la toalla mas de una vez. Por ello había rogado juventud y vida eterna a una hechicera vudú en Jamaica. Ese había sido su mas grande error y aun lo estaba pagando, porque la hechicera había cometido un error con la cantidad de ojos de salamandra de la poción, y no había otorgado vida eterna, sino una larguísima vida, en la cual Isabel envejecía mas lentamente que los demás.





Pero el pirata era inmensamente rico y ella conocía la ubicación de varios de sus botines. Incluso era la encargada de custodiar varias de las joyas robadas a barcos españoles, y ella era muy ambiciosa.

La vida del pirata no daba pie a la opulencia: a veces perseguían, abordaban y mataban, otras veces huían y mataban. Otras veces simplemente mataban. Se había resbalado mas de una vez en sangre de prisioneros o de marineros rebeldes. Y sus manos habían atravesado mas gargantas que cualquier otra mujer. Estaba maldita.

Un día se cansó de huir, deseaba otra vida. Pero solo había una forma de escapar de las garras de Teach, y era matándolo.

Los libros cuentan que el teniente Robert Maynard fue quien dio muerte al pirata, pero esto no es correcto. Aquella mañana de noviembre, al saberse asediado por los marinos ingleses, Barba Negra prometió no dar cuartel. Y seguramente ganaría, y por goleada. Pero fue Isabel, quien con sus encantos femeninos logró acercarse a su cuello con una tremenda daga, y con una cruel satisfacción cercenó la cabeza del perplejo pirata.

Luego entregó la cabeza a Maynard, a cambio de libertad total y con la promesa de jamás revelar el secreto. Los demás marineros fueron asesinados y ella fue llevada hasta Cartagena, donde daría inicio a una larga y accidentada vida, cobijada siempre por los tesoros de su querido Barbita negra. Las correrías de la vida la llevarían hasta Cali, donde un día yo le ayudaría a levantar una botella de gaseosa enloquecida.

Aquella mañana, yo le había recordado a uno de los grumetes de Barba Negra. Y se había divertido recordando cómo le abrieron el vientre y le sacaron las tripas para luego echarlas a los tiburones. El pobre se había demorado en morir, y entonces Barba Negra lo tomó por las solapas, lo acercó a su rostro y le espetó: “Yo puedo recoger mis botellas solo”. Entonces lo arrojó al mar.

¡Y yo de baboso le había recogido una botella a la mujer se semejante personaje!

miércoles, 14 de marzo de 2012

¿Sirenas? ¿De verdad existen?

No recuerdo cuando fue la primera vez que escuché hablar de sirenas. Creo que fue a alguna empleada del servicio fantasiosa y con ganas de hacer volar mi imaginación. También recuerdo dibujar sirenas con tiza en el jardín infantil. Luego me enteraría que las sirenas no eran los seres amables y bellos que describían los cuentos fantásticos, sino mas bien unos seres caprichosos y malignos, como los describió Ulises en su tortuoso viaje.

De cualquier manera, para mí siempre fueron fruto de mitos y leyendas. Algunos malignos, otros románticos. Recuerdo haber visto la sirena tallada en la Isla de San Andres hace un par de años. Es una talla en roca realizada al interior de la famosa Cueva de la sirena en el parque ecoturístico Westview. El artista que la talló, cuenta una historia romántica con huracanes, un hombre confundido y una sirena caprichosa. Y la cuenta como si hubiese ocurrido en realidad.
Y es que ocurrió en realidad…

Este soy yo visitando la cueva de la sirena en San Andres Islas
Muchos las han encontrado en el Caribe, en algunas islas del atlántico y en las canarias. Muy pocas han sido vistas en otros mares.
Tengo un amigo que vive obsesionado con las Sirenas. No me pregunten de qué fetiche se trata. Además detesta comer pescado… El caso es que se ha dedicado a descubrir sirenas. Estuvo en Cartagena, Aruba, Isla Margarita, San Andres, Providencia y Cuba. Según él, a lo largo de esos viajes pudo conocer algunas, y ninguna estaba en el mar. Una de ellas está a cargo de una tienda de Habanos en Cuba y la otra alquila equipos de buceo en Aruba, de otras aun no me ha contado. Son mujeres malgeniadas y ariscas, y solo pudo descubrir su verdadera identidad por casualidad. Fue él quien me contó la historia de Doña Ligia.
A lo largo de sus “investigaciones”, ha llegado a algunas conclusiones sorprendentes. En primer lugar, se trata de seres que ya no gustan de la calidez del mar. Hay varias razones, la primera es el ruido, la segunda la contaminación y la tercera la vanidad. Ahora les gusta el dinero y la vida de grandes damas.
En segundo lugar, la mayoría de las sirenas ahora viven en ciudades del interior, se han alejado de las islas y finalmente decidieron cambiar sus territorios marinos por mansiones con grandes piscinas.
En tercer lugar, aunque han abandonado el mar, nunca podrán abandonar su condición fisiológica. Ocultan sus aletas bajo medias o botas de caña alta. Mi amigo disfruta tomar fotos a las supuestas sirenas. Entre las curiosas imágenes que tiene, hay dos que me parecen verdaderamente insólitas. En la primera aparece una hermosa mujer, alta y espigada con un vestido de diseñador que tiene pinta de costoso. Es un vestido gris con falda hasta la rodilla. Se ve que usa joyas costosas y en su cabello hay un prendedor con una concha marina. Lo sorprendente de la imagen es que la chica va con medias de lana y unas sandalias de plástico…
Otra de las imágenes muestra a una mujer madura, vestida con una falda larga y también con accesorios finos. La falda tiene una ligera abertura, la cual aparece abierta pues la mujer va caminando. Si miras su tobillo derecho, veras que ¡tiene escamas!
No sé si valgan como pruebas, pero dan pie a una cuarta conclusión: las sirenas no tienen un concepto claro del ridículo.
En quinto lugar, estas damas siempre cojean, o caminan como bobas. Es comprensible, pues la naturaleza no las ha diseñado para tierra firme, y al igual que las focas, son agiles bajo el agua, pero en superficie pierden toda la gracia y la elegancia.
En sexto lugar: siempre son mujeres solteronas y sumamente adineradas. Son muy pocas las que viven con hombres humanos. Según algunas pesquisas de mi amigo, una sirena que vive en la isla de Mikonos, en Grecia, vive con un adinerado árabe y aparentemente es feliz. Otra vive en Okinawa con un japonés paralitico.
Y por ultimo: les encanta comer chocolate blanco con sal marina. Mas de uno fruncirá el ceño ante esta conclusión, pero según mi amigo, la cobertura de chocolate blanco con sal marina esparcida en la superficie es una golosina irresistible para estos extraños seres.
Un día hicimos la prueba y nos llevamos algunas costras de esta receta en una canasta al “Parque del perro” en Cali. Pusimos un letrero impreso que decía: “Chocolate con sal – Pruébalo!!” y ofrecimos degustaciones a las transeúntes. Chocolate con sal es una combinación rara (pero créanme que es deliciosa) y al principio no aparecieron muchas curiosas. De repente, mi amigo me advirtió de una mujer de pelo castaño que  nos miraba con cara golosa. Sin embargo no se acercaba. La chica estaba vestida con una blusita, un short, unas medias de lana azules (espantosas) y unas chancletas de cuero. Por supuesto era una pinta bastante fuera de lugar. La invité a que se acercara y con un poco de recelo tomó una de las costras de chocolate y la comió con avidez. Incluso se reía de pura satisfacción… Nos pidió algunas mas para llevárselas y desapareció entre la multitud. Según mi amigo, yo acababa de compartir mi chocolate con una sirena caribeña legítima.
Nunca me gustó esa conclusión. No conozco la primera mujer (de la especie que sea) que pueda resistirse a los encantos de una barra de chocolate, sea con sal, pimienta o incluso cemento… Sin embargo, debo reconocer que si pude notar una fuerza rara en los ojos de aquella supuesta sirena. Una fuerza que no es humana.

Otro dato: En el Barrio "El Poblado" de Cali hay un zapatero que fabrica el calzado de estas curiosas mujeres.