jueves, 11 de octubre de 2012

Tercer capitulo de la Expedición Grancolombia 1938

Ultima entrega de mi libro, aquí es donde empezamos a darnos cuenta de como irán las cosas para John Radek. Lamentablemente hasta aquí llegaremos... los que deseen continuar con la historia, deberán ir a la pagina y adquirir el libro. Sé que algunos me miraran con odio... pero así funciona este odioso mundo. 

Espero que hayan disfrutado de estos 3 capítulos y que sean tan estimulantes como para animarlos a llevarse el libro. Lo encontraran en PDF a un precio ridículo e impreso a menos de 18 dolares. Gracias!!! 



III


Radek despertó a las cinco de la tarde. Había decidido descansar todo el día para estar fresco en la noche. Isaac Salas, un médico y un funcionario del Departamento de Registro de Defunciones lo esperaban en el lobby del hotel. Se vistió informalmente –tal como le gustaba– y salió en compañía de su caja de instrumentos. También ocultó una pistola en su chaqueta. El arma poseía un contenedor con un líquido verde brillante, que ocultaba con un trozo de cuero negro. Se trataba de un sellador dimensional, que esperaba no tener que utilizar.
Afuera le esperaban en un aerodino de alas batientes, el aparato recordaba vagamente la forma de una libélula. Por lo visto nadie deseaba perder tiempo. Los cuatro pasajeros abordaron luego de pocas formalidades y partieron en dirección al cementerio central. Llegarían en diez minutos.

En el Cementerio central les esperaba un guardia incomodo y molesto. Detestaba la profanación de tumbas y la grosería con que los científicos trataban a los cadáveres. Soltó un firme y corto discurso: “Señores, por favor hagan rápido su trabajo y salgan de aquí cuanto antes. No queremos que el público vea lo que vienen a hacer”.
Salas trató de tranquilizar al guarda. Y sin más preámbulos, ingresaron al lugar. Harían el trabajo solos.
La tumba estaba adornada con algunas flores, lo cual indicaba que había sido visitada recientemente; probablemente por la viuda de Umaña. Esas flores revolvieron un poco el estomago de Salas: “Apurémonos con esto”.
Cavaron silenciosamente hasta tocar madera. Con una barra metálica abrieron el ataúd hermético y encontraron los restos de Umaña. Estaba más seco que podrido, pero a pesar de todo se conservaba en buen estado.
–Vamos, saquémoslo –la voz era de Radek, quien sabia cual era el paso a seguir.
–¡¿Está usted loco?! –el perplejo medico habló por primera vez– ¡Hagamos el trabajo aquí mismo!
–Él tiene razón, Radek, no podemos mover el cadáver de este sitio –Salas empezaba a impacientarse.
–Señores –empezó pacientemente Radek–, debo sacar el cadáver y llevarlo a un lugar tranquilo, no querrán que empiece a gritar a voz en cuello y despierte a todo el mundo, ¿o sí?
Los tres hombres se miraron. El médico hizo gestos para detener todo aquello de una vez. Pero Salas moría de curiosidad y no iba a detenerse ahora que habían profanado la tumba.
–Saquémosle. Pero hagámoslo rápido. ¡Señor Sarria!, traiga unas bolsas para cubrir el cadáver.
Sacaron al cadáver de su tumba y lo llevaron al aerodino, el guardia protestó con furia pero sin firmeza, pues había presente un funcionario del Departamento de Defunciones que avalaba aquella abominación. Exigió devolver al difunto cuanto antes.
Trasladaron el cuerpo al consultorio privado del Medico, quien se apellidaba Otero: ahí tendrían privacidad.
Pusieron a Umaña en una camilla, su piel gris se iluminaba gracias a las lámparas de fósforo rebajado. Lo desnudaron y entonces Radek sacó una sierra de su caja de instrumentos. Antes que lo interrumpieran les explicó la razón.
–Lo siento, pero debo desmembrarlo –su mirada tímida contrastaba con la perplejidad de sus compañeros–. Es una medida de seguridad. Podría lastimarnos… o escapar…
Los tres hombres tragaron saliva. Cada uno de ellos más arrepentido que el otro. Salas asintió diciéndose que aquello que reposaba en la camilla ya no era su querido amigo. Mientras Radek desmembraba el cadáver decidió que el instrumental médico merecía mayor interés. Al regresar la vista y ver el resultado del trabajo de Radek, sintió arcadas que le hicieron devolver las papas con carne que había comido antes.
Radek solo había cortado el torso a la altura del corazón. Había eliminado los brazos y había puesto aquel busto macabro sobre el escritorio del médico como si fuera el adorno de un piano. Clavó un tubo transparente en su pecho y lo acopló a un pequeño fuelle.
Tomó la monstruosa jeringa con parsimonia y sin mayor decoro la clavó en la sien derecha:
–Esperemos que el cerebro esté en condiciones…  

Pasaron cinco minutos antes de percibir los primeros movimientos.

El cadáver abrió la boca y un ojo, el movimiento produjo una nube de olor nauseabundo que hizo que cada uno de los presentes se llevara un pañuelo a la nariz. El cadáver no gritó, tal como esperaba Salas. En cambio, abrió y cerró la boca varias veces como calentando los músculos. En ese momento Radek insufló algo de aire con el fuelle para estimular lo que quedaba de las cuerdas vocales. Algunos insectos salieron del interior de la boca, para mayor fastidio de los presentes.
–Ahhhsssss!!! –fue lo único que salió de boca de Umaña. El corazón de Radek estaba a punto de salir corriendo.
–Santo Dios… –fue lo único que salió de la boca del Doctor Otero, un profesional que había considerado la muerte desde mil ángulos, pero que claramente había obviado este.
–Shalas. Shalas. Sshhalas…–el momificado Capitán ahora miraba en todas direcciones. Enfocó sus ojos en el Comodoro Salas.
–Rafael –la palidez de Salas era aun más intensa que la del mismo Umaña–, aquí estoy viejo amigo.
–Shalas… Shalas…
Pasaría una hora hasta que el cadáver articuló más que el nombre de su amigo. A Radek le preocupaba que el maltrecho cerebro solo recordara el último rostro que había visto, algo así como el “imprinting” de las aves.
–Escúchame Rafael, necesito que me respondas algunas preguntas. ¿Crees poder hacerlo?
–Shalas. Pregunta –Umaña detuvo cualquier movimiento y asumió una posición de completa atención a Salas.
–¿Donde quedaron los miembros de Miskatonic? –Salas temblaba de angustia– ¿Qué fue de ellos?
Pasados varios minutos, las neuronas carcomidas de Umaña finalmente lograron articular una respuesta.
–Shalas. Arenash-blancash. Casherio –miraba ansiosamente a Salas–. Muerte, hieeerba.
Luego de este galimatías, Umaña guardó silencio mientras Radek anotaba cada palabra y la registraba en un magnetograbador que tenía en su bolsillo. El médico registraba todo con una videocámara química de tres colores.
–Arenash blancash –seguía parloteando el no muerto–, pedro palotes te mata mata.
Luego, pareció como que la cosa trataba de sonreír, con una mueca que todos los presentes recordarían hasta el fin de sus días. Trataron de hacer más preguntas, pero el cadáver no respondía. Radek estaba muy frustrado. Había esperado otro resultado del fluido reanimador de West.
Pasaría una media hora hasta que el cadáver de Umaña dijera algo más:
–Déjame deshcanshar. Muero. Dueeele –sus ojos herraban por el cuarto. Luego de esto no dijo más.
Salas miró a Radek esperando una solución. El ingeniero se encogió de hombros y sacó el sellador dimensional y disparó a la cabeza de Umaña. Un rayo azul salió del arma e iluminó el torso cadavérico. Lo que quedaba de su alma había sido sellado definitivamente en una dimensión desconocida e inexplorable. Ahora descansaría para siempre.
Regresaron al cementerio con los pedazos del cadáver. En esta ocasión el guardia no dijo nada: semejante profanación no merecía comentarios suyos. Taparon la tumba y cada uno regresó a su lugar de habitación. Solo una frase más saldría de boca del Comodoro Salas: “Ing. Radek, estamos a su disposición en caso de que quiera continuar con la expedición”.
Radek se tumbó en su cama bastante molesto. La entrevista había sido una completa ruina. Umaña estaba demasiado descompuesto y su cerebro a duras penas había logrado esbozar ideas. Elaborar una expedición basada en las pocas palabras salidas de su cavernosa boca no tenía mucho sentido ahora.
De todas formas visitaría la biblioteca de Santa Fe de Bogotá, en busca de lugares o personas que pudiesen darle alguna pista. De lo contrario se marcharía del país esa misma semana.
Madrugó a la biblioteca. Hurgó en ella hasta mediodía;  asombrado descubrió que si existía un lugar denominado Arenas Blancas en el estado del Cauca.

Después de todo si organizaría la expedición. 

lunes, 1 de octubre de 2012

Segundo Capitulo de la Expedición Grancolombia 1938

Continuamos con la aventura, en esta ocasión se trata del segundo capitulo, donde se establece un preámbulo a la historia. Tal vez parezca extraño, pero no quería dar todos los datos en el primer capitulo. Aquí vamos!!


II


En esos días, el presidente de La Grancolombia, Eduardo Santos, estaba en pugna contra la gente del estado de Venezuela, quienes buscaban independizarse del País. El tema estaba en el aire y no muchos estaban de acuerdo en ceder territorio a los belicosos venezolanos, quienes deseaban fervientemente convertirse en un país hecho y derecho. Sin embargo, existía una separación muy notable entre el estado de Boyacá y el estado de Venezuela. Se trataba de una zona oscura llamada “Apure”, difícil de sortear por tierra pues su actividad feérica era una de las más intensas del mundo. Infinidad de seres y portales dimensionales poblaban esta zona, y el peligro de atravesarla la convertía en una frontera natural que dividía el norte de la Grancolombia en dos mitades. Esta zona oscura constituía el principal argumento de Venezuela para luchar por su separación. Increíblemente, esta región tan rica en especímenes feéricos, nunca fue el objetivo de la Universidad de Miskatonic.
La Grancolombia poseía tres zonas oscuras, lo que la convertía en uno de los pocos países con tanta actividad feérica. Algunos eruditos consideraban que el choque entre las tres placas tectónicas tenía mucho que ver en esto. La primera zona era la ya mencionada del Apure, la segunda el Centro del Cauca y la ultima el Norte del Azuay. La expedición de la Universidad de Miskatonic en 1928 se había llevado a cabo en la segunda zona: el Centro del Cauca. Esta demostraba una actividad no solo anormal, sino más bien diabólica. Varios eruditos de Miskatonic concordaban en que posiblemente allí había un portal similar al hallado tiempo atrás en la Antártica. Si esto era cierto, los humanos alguna vez podrían viajar a una dimensión paralela a la nuestra, la que algunos conocían como el “reino de R’lyeh”.



El centro del estado del Cauca era una zona prohibida. En su periferia había varias guarniciones militares que impedían el tránsito aéreo o terrestre por la zona. Sin embargo, cazadores furtivos se sumergían en aquellas junglas para atrapar pequeñas hadas para venderlas en el mercado negro. Estas abundaban en los costados del enorme río Atrato, pero también otros seres maléficos y peligrosos que no estaban bien catalogados. Algunas sirenas de agua dulce habían matado a campesinos descuidados y se sabía de bichos cuyas emisiones sonoras habían hecho estallar la cabeza de más de un cazador. El río era un motor eficiente de leyendas y mitos. Y Miskatonic deseaba descubrirlos todos.
Durante la primera expedición en La Grancolombia, Miskatonic había descubierto que algunos de los seres endémicos de la zona eran irregularmente fuertes. Los Mohani, las Madres de Monte y las Madres de Agua tenían rasgos que no concordaban con la fauna feérica conocida y según las recopilaciones hechas en la región, los rasgos indicaban una procedencia transdimensional que merecía más estudio. Para develar el misterio se enviaron dos equipos, uno compuesto por arqueólogos y otro por especialistas feéricos. El primer equipo se separó y se trasladó a la laguna de Guatavita, Estado de Cundinamarca, de donde se originaba la leyenda del Dorado. El segundo viajó a la zona denominada Quibdó, en el centro del Estado del Cauca. Este último envió varios ejemplares muy valiosos de hadas venenosas de selva húmeda que no se conocían y cuyo rasgo particular eran los tentáculos que reemplazaban a las extremidades. Estas hadas ápteras deambulaban entre la maleza y rara vez se dejaban ver, pero hallar una de ellas por accidente significaba una muerte segura, ya que su agresividad y su cuerpo carente de alma las convertían en peligrosos rivales. También se hallaron crías de un ser desconocido en dos lagunas de la región, las cuales aun están sin identificar. Nuevamente se trata de seres con rasgos de cefalópodo que merecen más estudio.
Otro espécimen hallado en la región y que lamentablemente solo se conserva en las fotos que alcanzaron a enviar los científicos en el primer y único embarque, era el cadáver de un “Obispo de mar”, ser intelectualmente compatible con los humanos, pero cuyos rasgos ictiológicos lo convertían en una amenaza para los campesinos de la zona quienes armaban absurdas cacerías para eliminarlos. Uno de estos seres había entablado contactos con científicos rusos años atrás y les había mencionado a la ciudad de R’lyeh. Fue quien explicó el origen transdimensional de los “ictios” de R’lyeh. Aun no se establecía si la fauna feérica de todo el mundo tenía su origen en esa dimensión pero muchos creían que sí. Más adelante descubrirían que cada planeta tiene sus propios seres “elementales” y que no siempre son compatibles interdimensionalmente.
La emoción de Miskatonic ante estos descubrimientos pronto se vería nublada por la desaparición de los científicos que participaron en la expedición. Solo sobrevivió un Capitán de Navío llamado Rafael Umaña.
Este hombre había logrado salir de la espesura con horribles heridas que poco a poco consumían su vida. Sin embargo, y afortunadamente para él, sobrevivió hasta saber que no moriría en soledad. Fue rescatado por la primera comisión en 1929 pero no pudo ofrecer ninguna explicación coherente ni dar ningún detalle de la expedición. Cayó en coma y murió presa de horribles convulsiones.
Los eruditos grancolombianos decidieron cerrar la zona. Sin embargo, en Miskatonic deseaban una revancha. Pasaron diez años hasta que el gobierno grancolombiano finalmente aceptó una nueva expedición a la zona, la cual tenía dos objetivos: el primero era descubrir el destino de la primera expedición. El segundo, completarla. Esta vez contarían con nuevas tecnologías para garantizar la seguridad de todos. Y también debían contar con la participación de gente con experiencia en la zona.
Se había elegido a John Radek como primer miembro de la comisión. Él estaría encargado de establecer contactos con el gobierno, recibir los equipos, contratar al personal asistente y organizar la expedición. Sin embargo, había un problema gigantesco: nadie sabía por dónde empezar, la única persona que había sobrevivido estaba enterrada en una tumba y no había revelado nada antes de su muerte.

Radek debía lograr un contacto con Umaña a toda costa, aun si el precio implicaba que los eruditos de Miskatonic aceptaran las abominaciones del desaparecido Herbert West. 

lunes, 24 de septiembre de 2012

Primer Capitulo de la Expedición Grancolombia 1938

Hola a todos,

Antes que nada quiero agradecer a todos aquellos que leen mis cuentos y mucho mas a aquellos que los han comentado. Como ya saben, he publicado mi primer libro "grande" y quiero compartir los tres primeros capítulos. Ojalá lo disfruten y lo comenten. Les recuerdo la página del libro: www.miskatonic-colombia.com .

EXPEDICIÓN GRANCOLOMBIA 1938



CAPITULO 1


Aeródromo de Bocagrande, Cartagena de Indias. Área de Zepelínes. 10 de marzo de 1938.


El amanecer bañaba al enorme zepelín “Abraham Lincoln”. Sus setenta pasajeros, de clases media y alta, se arrimaban a los ventanales para saludar a la ciudad de Cartagena de Indias. Las cámaras químicas destellaban por doquier y se respiraba un aire de emoción por la llegada a la ciudad más importante de la Grancolombia. Una ligera lluvia bañaba el aeródromo, compuesto de veinte torres separadas unos cien metros una de otra. En cada una de ellas había operarios listos para amarrar las cuerdas de los zeppelines y ajustar las escaleras para la bajada de los pasajeros. El aeródromo era imponente. El más grande del continente sudamericano y la puerta de entrada desde el resto del mundo.
Pocos pasajeros se resistían a tomarse una fotografía al frente de los ventanales con la bahía de Cartagena como fondo; todos excepto un hombre que a esa hora leía el periódico en la zona de cafetería. Fumaba tranquilamente su pipa y pasaba las páginas del “Periódico de la Grancolombia”, ensimismado en un artículo referente a la tercera Gran Expedición Botánica del Nuevo Reino de Granada, celebrada 10 años antes en toda la región grancolombiana. Parte de sus compañeros de la Universidad de Miskatonic habían participado en aquella expedición. Y al parecer, varios de ellos habían muerto.
Pasado un rato se sintió un leve sacudón, producto de la detención y amarre final del Abraham Lincoln. Un molesto bullicio sacó a aquel hombre de sus vaporosos pensamientos. Cuidadosamente recortó el artículo de la expedición botánica, tomó su caja de instrumentos y guardó su pipa en ella. Ajustó su sombrero y salió de la cafetería. Antes de abandonar el zepelín, iría a su camarote por su mochila de cuero y luego saldría del Abraham Lincoln en busca de un conductor que lo llevaría directamente a Santa Fe de Bogotá.
El andar pausado no concordaba con los tormentosos pensamientos de aquel personaje. Un metro setenta de estatura, contextura gruesa pero sin aparentar gordura, cabello negro mal peinado y un calmado rostro broncíneo guiado por dos grandes ojos negros. Su elegante vestimenta: pantalón, chaleco y levita fastidiaban a este hombre, cuyo afán de exploración exigía menos formalidad en el vestir y para quien un simple sombrero causaba todas las incomodidades del mundo.
Luego de diligenciar el papeleo y de telegrafiar a la Universidad de Miskatonic para avisar de su llegada, el hombre salió del aeródromo en busca del conductor. No tardó mucho en hallar al hombrecillo con un papel levantado que rezaba: “Ing. Radek – univ. Miskatonic”. Sonriendo, Radek se acercó al conductor, se presentó y tras unas pocas palabras subió al vehículo acompañado solo de su caja de instrumentos y de su mochila personal. El móvil en cuestión era un broncíneo aparato impulsado por reactor químico. Según el hombrecillo, tardarían unas 3 o 4 horas en llegar a Santa Fe de Bogotá. El conductor pidió que le llamara “Don Vega”. Varios medidores de presión y velocidad en el panel principal indicaron a Radek que el vehículo transitaría tan solo a unos exasperantes 200 kilómetros por hora, y que le valía más dormir un poco que deleitarse con el aire caribeño de la ciudad de Cartagena de Indias. Sin embargo, su curiosidad científica y su afán exploratorio le valieron para observar con cuidado los muelles cartageneros, catalogados como los más grandes del mundo. Varias embarcaciones gigantescas anclaban en la bahía de Cartagena, y la opulencia de sus libreas indicaba riqueza y abundancia, características que la Grancolombia usaba para demostrar su poderío ante otros imperios del continente. Miskatonic pujaba por instalar algunas sedes sudamericanas en este país, y posiblemente ya estaban estableciendo contactos para ello con el Real Gobierno.
La mayor parte del trayecto transcurría en la red de túneles subterráneos, compuesta por vías tubulares de alta velocidad. Varias veces se cruzaron con otros móviles de diferentes tecnologías: algunos puramente químicos, otros a vapor y los más avanzados de energía eléctrica. A Radek le llamó la atención ver los novedosos vehículos de fusión de hidrogeno desarrollados en la ciudad de Medellín, cuya tecnología se preparaba para la gran Feria Mundial de 1940. Debieron detenerse durante una hora cerca de la ciudad industrial de Manizales. La razón fue la mala calibración de arsénico en el volumen del combustible del vehículo de Don Vega. Esta situación irritó un poco a Radek, quien a pesar de todo asumió la demora estoicamente; era consciente de que su silencio tenia nervioso a Don Vega y tal vez ahí radicaba la falla con la calibración de los químicos del vehículo. Por un momento, Radek pensó que lo mejor sería iniciar una alegre charla con el hombrecillo. Pero luego desechó la idea: por ahora prefería seguir sumergido en sus preocupaciones, que no eran pocas.
 
La llegada a Santa Fe de Bogotá fue muy llamativa. Se trataba de la quinta ciudad más grande del mundo y su arquitectura e industrias lo demostraban firmemente. Varios vehículos voladores revoloteaban entre los enormes rascacielos, y algunas bases dirigibles militares vigilaban la ciudad desde el aire. El edificio más llamativo era la torre del reloj, tenía nada más ni nada menos que mil cien metros de altura; coronada por cuatro relojes que apuntaban a los puntos cardinales, se constituía como la construcción más imponente del país. También era un edificio bastante aguafiestas, pues al verse desde todas partes era muy difícil explicar una llegada tarde.
Radek se complacía con la ciudad, con el smog y con la bruma. Santa Fe de Bogotá merecía ser explorada más adelante. Sabía que los científicos de la Grancolombia habían logrado grandes avances en los últimos veinte años. Y también sabía que Miskatonic debía tratar de estar lo más cerca posible para extraer algo de aquel fluido intelectual.
El móvil químico de Vega subía varias rampas que poco a poco le elevaron unos cien metros del suelo. De esta forma alcanzó una cornisa bellamente adornada que daba paso a las puertas del edificio del ayuntamiento. Ese era el destino del Ingeniero John Radek.
Vega se detuvo y Radek se apeó del vehículo con una leve despedida.

Ahora su andar era apresurado.

El hall del edificio era ridículamente grande. Un par jardines a lado y lado estaban coronados por unas enormes palmas de cera en sus centros. En cada uno de ellos había distintas muestras de la fauna del país y cualquier zoólogo habría tenido bastante material con solo darles una ojeada. Más adelante aparecía la enorme recepción en la que atendían dos mujeres, ambas en sillas móviles elevadas por unas grúas de aspecto frágil. Las dos estaban firmemente acopladas a sus asientos y solo sus manos esbozaban algún movimiento. De sus rostros solo se apreciaba mentón, boca y mejillas, el resto era una máscara óptica cuyas lentes transmitían varios datos gracias a indicadores luminosos. Una de ellas se acercó a Radek en silencio, se detuvo a pocos centímetros de su rostro y le preguntó sobre su visita. Radek pensó que a esa distancia bien podía besarla, pero aun así respondió con sobriedad:
–Mi nombre es John Radek, soy licenciado por la Universidad de Miskatonic y tengo una cita con el Comodoro Isaac Salas. Debo verlo en diez minutos.
Los lentes de la chica hicieron varios movimientos giratorios, revelando mecanismos de relojería bastante precisos en su interior. Dos pequeñas luces en la corona de la cabeza cambiaron de rojo a azul y la chica se elevó unos cuatro metros en dirección opuesta a Radek. La pared posterior de la recepción media unos seis metros de altura por diez de ancho y sobre ella se deslizaban las dos chicas una vez que sus visitantes se presentaban, luego se dirigían al casillero correspondiente donde los dirigentes del ayuntamiento dejaban las cartas de invitación. La mujer encontró rápidamente la carta de Radek y se la entregó:
–Buenas tardes Ingeniero Radek, por favor diríjase al piso 40 y busque la oficina 404 –le regaló una fría sonrisa propia de su oficio–. El Comodoro le espera.
Radek hizo una leve reverencia y subió a la oficina de Isaac Salas.

El piso 40 tenía cuatro oficinas, todas de gran tamaño. Dos de ellas destinadas a la Dirección de Aduanas e Impuestos, otra era la sede grancolombiana del partido Nacional Socialista y la tercera era la Dirección de Asuntos Extranjeros, de la cual hacia parte el Comodoro Isaac Salas.
Radek fue conducido hasta el despacho de Salas por su secretaria. Ahí encontró a un hombre serio, distinguido, alto, y delgado, cuya edad podía estar entre 45 y 50 años. Radek extendió su mano hacia él y fue correspondido con un fuerte apretón.
–¡Ingeniero Radek! Sea usted bienvenido a mi país.
–Es un placer para mi, Comodoro –Radek debía levantar la vista para encontrar los ojos de salas–. Su país ha superado con creces todas mis expectativas. Supongo que la Universidad ha enviado mi currículo y mi carta de presentación.
Salas se divertía con los asuntos diplomáticos, pero honestamente no conocía a Radek y tampoco había leído su currículo. Normalmente los visitantes universitarios se contentaban con dar alguna vuelta por allí y punto.
–El famoso ingeniero Radek no necesita presentación en mi despacho –Salas evadió la mirada del sorprendido ingeniero–. Sin embargo prefiero oír de viva voz los pormenores de su visita. Por favor siéntese y deléiteme con su presentación… supongo que tendrá que ver con la expedición que mencionan en las cartas.
El joven ingeniero obedeció y tomó asiento. Dejó su caja y su mochila en el suelo y procedió a explicar en detalle el motivo y el objetivo de su visita.
Radek había sido enviado por la Universidad de Miskatonic en calidad de Ingeniero Feérico. Diez años atrás, y durante la expedición botánica en la región central del Cauca, se habían generado varias dudas que la Universidad deseaba aclarar. Se habían hallado diversas entidades elementales cuya ubicación era bastante anormal –por decir lo menos– y que no estaban bien catalogadas. Además, el museo deseaba completar el capítulo dedicado a la Grancolombia. Seguramente, el Real Gobierno Grancolombiano de alegraría de presentar los resultados en la Feria Mundial de 1940.
– ¡Maravilloso! –Salas empezaba a aburrirse–. Pongo mi gente a su disposición. Supongo que la excelentísima Universidad habrá enviado equipos para su expedición. Esos podrá almacenarlos en una guarnición militar. También pondré algunos soldados a su disposición y puedo ofrecerle la compañía de un guía bastante reconocido de la región.
–Agradezco su colaboración, Comodoro, créame que me será de suma utilidad. Sin embargo había otro asunto que debía comentarle de parte del Profesor Coronado Hayes, del cual usted ya habrá tenido oportunidad de escuchar.
El ceño de salas ahora se mostraba con impaciencia, delatando la molestia de su dueño. Guardó silencio e hizo un gesto a Radek para que continuara.
–Resulta que es de vital importancia hablar con el Capitán Rafael Umaña, pues es la única persona que conoce el destino final de los científicos de la anterior expedición.
Salas cambió su expresión. Ahora era un hombre recio que no iba a tolerar impertinencias:
–Ingeniero Radek. No es desconocido para ninguno de nosotros que Umaña murió trágicamente pocas horas después de haber sido rescatado. Me incomoda su solicitud pues aquel Capitán era mi amigo personal. Me dolió mucho verlo morir en tan extremo sufrimiento. No pudo decirnos absolutamente nada pues una vez lo tuvimos con nosotros cayó en un coma profundo para no despertar jamás. Lo vi retorcerse en aquel trance y nuestros médicos no podían detener sus espasmos.
Radek se había levantado ansioso:
–Lo sé Comodoro. Y entiendo su dolor, créame. Varios de mis mejores amigos y colegas participaron de aquella expedición. Y solo nos queda de ellos una patética colección de especímenes que lograron enviarnos antes de la tragedia.
Radek hizo la pregunta más incomoda del día:
–Por favor, dígame cuales fueron sus últimas palabras.
Salas le miró con furia, pero trató de apaciguarse. Evadió la mirada de Radek y pidió datos a su mente. Recordaba con tristeza como Umaña había salido de la espesura cojeando maltrecho, con cientos de heridas en su cuerpo. Una viscosidad negra lo cubría en gran parte, como una brea maloliente.  Era un milagro que aun conservara algo de sangre en sus venas. Al ver al equipo de rescate sucumbió y se desmayó. Pasadas unas horas despertó entre convulsiones y solo atinó a decir una palabra: ¿pela?, ¿palo?, ¿palos?, Salas no recordaba bien.
–No recuerdo, pero creo que intentaba decirnos algo así como “palos” o “pelos”. No estoy seguro. De cualquier forma ya está muerto. Y sus amigos también. Por favor cambiemos de tema.
Radek había tomado asiento una vez más. Sentía pena por Umaña, aquel hombre era el único que sabía cuál había sido el destino de sus amigos. Aun así, Radek tenía una alternativa y trataría de revelarla sin permitir que la emoción se reflejara en su rostro, más aun en un momento tan solemne.
–Mmm… la muerte de Umaña no es un obstáculo, Comodoro –ahora era Radek quien eludía la perpleja mirada de Salas–. Aun podemos entrevistar al Capitán Rafael Umaña. 
–¿Cómo? –Salas se acercó a Radek con violencia–. ¡No se atreva a bromear conmigo!
–Tranquilícese Comodoro –Radek sonreía y en ese momento levantó su caja de instrumentos.
Parsimoniosamente abrió la caja, la cual contenía algunos frascos y una jeringa de vidrio de preocupante tamaño.
–Algunos de estos fluidos ya los conoce usted, Comodoro; se trata de “Corazón de Tanzania”, “Elixir solar” y “Éter pétreo siberiano” –Radek presentó cada uno de los frascos–. Como podrá imaginarse, la función de estos es meramente preventiva. Por sí mismos solo servirán para establecer perímetros contra elementales en caso de necesidad. En el equipo enviado por la Universidad dispongo de algunas pistolas delimitadoras dimensionales para hacer correcto uso de estos compuestos: no obviamos ningún detalle.
En ese momento tomó la jeringa cuyo contenido consistía en un líquido verde oscuro con algunas vetas de aspecto sucio.
–Pero esto… es distinto –Radek levantó la jeringa mientras la miraba apasionadamente–. Esto es, ni más ni menos, que el fluido reanimador de West. En una versión depurada y refinada que ni él mismo hubiese imaginado. Radek miró al Comodoro y sonrió:
–Estimado Comodoro, ¡por supuesto que aun podemos hablar con el Capitán Umaña!  

CONTINUA EN EL CAPITULO 2.... 

Andrés Gómez



lunes, 17 de septiembre de 2012

Anuncio mi primer libro: "Expedición Grancolombia 1938"

EXPEDICIÓN GRANCOLOMBIA 1938

Bueno, ya era hora. Mi primer libro esta disponible para la venta en Bubok.co. Se trata de una aventura retrofuturista en una Grancolombia ficticia, que abarca territorios venezolanos, colombianos y ecuatorianos.



La escribí al mejor estilo "Dieselpunk", lo cual me abría un enorme abanico de posibilidades en cuanto a fantasía y ciencia ficción, así que los amantes de este genero no quedaran defraudados. Supongo que los seguidores del estilo Steampunk tambien disfrutaran de mi libro, aunque echaran de menos el estilo victoriano propio de su genero.

La obra es un homenaje a una de las regiones mas hermosas y misteriosas de Colombia: el Chocó, pero también es un homenaje a Lovecraft, quien me ha servido de inspiración para muchos de mis cuentos. Pero... ya era hora de atreverme con una obra grande, así que aquí la presento.



La portada del libro, el logotipo y el cuadro de la parte posterior son obra de mi cuñado William R. León, quien ha sido una de las personas encargadas de revisar el borrador de la Expedición y cuyo entusiasmo fue clave para continuar. En el sitio web podrán ver parte de las obras que ha logrado con sus pinceles y sus tubos de pintura. El cuadro que logró sacarme de un terrible bloqueo mental fue obra suya.

Para los interesados, les invito a explorar el sitio web del libro y la pagina de Bubok, estos son los enlaces:

http://www.miskatonic-colombia.com/

http://www.bubok.co/libros/210607/EXPEDICION-GRANCOLOMBIA-1938

Y un "Book trailer" en Youtube:

http://www.youtube.com/watch?v=b594RDtJ9-I

En el blog voy a poner los 3 primeros capítulos, para aquellos que quieran darle una probadita antes de devorarla toda.

Muchas gracias a todos aquellos que han comentado mis cuentos, créanme que esas opiniones fueron las que me dieron el ultimo empujón para atreverme a continuar con este proyecto.

Y a los que decidan convertirse en lectores de mis obras, les anuncio que siguen dos proyectos mas que espero pueda publicar muy pronto. Gracias!!!!!


lunes, 3 de septiembre de 2012

El día que cantaron las lagartijas


¿Alguien recuerda cuando empezaron a cantar las lagartijas? Yo no estoy seguro, pero ni en mi niñez, ni en mi adolescencia recuerdo el característico “IK-IK-IK-IK-IK” de las lagartijas. Nací en el setenta y siete, y como buen amante de los animales, estuve siempre atento a las lagartijas. No sé a cuantas maté de niño, pero estoy seguro de ser un personaje odiado en el reino de las lagartijas. Sería iniciando el siglo XXI cuanto escuché el primer canto lagartijesco. Al principio pensábamos que se trataba de algún pajarillo nocturno: “cucaracheros” decían algunos, “lechuzas” decían otros.



Pero no: eran las lagartijas. Recuerdo la perplejidad que me causo ver el extraño ritual. Era de noche y una audaz lagartija había subido a nuestra mesa de comedor. Reptó un poco, con prudencia pues desconocía mis intenciones. De pronto se acercó a uno de los bordes y se quedó completamente quieta. Entonces estiró el cuello un poquito y luego… “IK-IK-IK-IK-IK”.

Yo no podía creerlo, ¡finalmente no se trataba de pájaros!, era una pinche lagartija. No pude evitar soltar una carcajada emocionada, era un gran descubrimiento, digno de ser contado cuanto antes.

A la lagartija no le pareció gracioso, y entonces echó a correr.

A partir de ahí, el canto de las lagartijas sería bastante común. Y si lo escuchabas, y no sabias cual era su origen, entonces no eras mas que un pobre tonto. El canto de las lagartijas era lo mas “in del momento.

“…IK-IK-IK-IK-IK…”

¿Que pensarían las lagartijas?

“Reptar por aquí. Reptar por allá. Vio un zancudo y caminó despacio, solapadamente, con hambre y con ganas de insecto. Buscaría una luz pues los sabrosos bichos se acercaban idiotizados a ella por las noches. Sus patas sentían cada micro grieta en la pared y le otorgaban la agilidad de caminar verticalmente como el mas duro de los escaladores. Se acercó calladamente, el zancudo no se movía. Pobre tonto. Movió su cuello con asombrosa velocidad y en un instante ya estaba tragando al delicioso insecto. Con suerte estaría relleno de sangre: con centro líquido, esos eran los mas ricos.

“Regresó al suelo, siempre caminando despacio, con paciencia. Se metió debajo de la nevera y caminó confiada. A veces encontraba cucarachas ahí, pero eran demasiado grandes y prefería no pelear con ellas. Con suerte habría alguna garrapata confundida en la oscuridad: ¡como le gustaban las garrapatas!
De pronto, su instinto animal le dijo que algo no andaba bien. Lo sentía en las patas. Algo había crujido en lo mas profundo de la tierra, tan hondo que ni el mejor de los sismógrafos lo podría detectar. Algo se había roto en las entrañas del planeta.

“Esperó a que la sensación desapareciera. Entonces supo que debía avisarle a las demás lagartijas.

“…IK-IK-IK-IK-IK…”

“Se acercaba el fin. Las lagartijas lo sabían. Y lo comunicaban siempre que podían.

“Entonces una polilla aterrizó mas adelante. Dejó de cantar y caminó despacio, solapadamente, con hambre y con ganas de insecto.

El mundo estaba a punto de acabarse, si, pero siempre había tiempo para una polilla mas.

“…IK-IK-IK-IK-IK…”

El bajorrelieve



Mi mujer y yo vivimos en el barrio La Campiña, cerca del barrio Chipichape. Es un barrio muy agradable; como decimos por acá: un buen vividero. Todos los días sacamos a pasear a nuestro perro y le damos un par de vueltas al supermercado de la zona. Al caminar por ahí, pasas al lado de varios edificios, algunos de ellos bastante pomposos.



Una mañana iba con mi mascota por el camino de siempre, en la acera al frente de los edificios. Entonces escuché los gritos desesperados de una niña: “¡AYUDA! ¡AYUDA!, ¡ME DEJARON ENCERRADA!”. Mi perro inmediatamente se puso alerta y empezó a ladrar. Otros transeúntes escucharon lo mismo. Uno de mis vecinos, el “cubano”, venía detrás de mí con su perrito, e inmediatamente dijo: “Es una niña y la dejaron encerrada, hay que ayudarle”. Así que tres de los que estábamos ahí (todos con perro) nos acercamos a la portería del edificio, donde el vigilante veía televisión con toda tranquilidad. Le tocamos y le dijimos que una niña estaba en problemas en alguno de los apartamentos. El tipo nos dijo con impaciencia que no se escuchaba nada y que no lo molestáramos.

Ya se imaginaran el estado de nosotros los voluntarios y también de la irritación del guarda. Los gritos no cesaban. El cubano y otro señor discutían con el viejo guarda, mientras yo guardaba silencio y escuchaba los gritos. Sé que parezco un pusilánime, pero yo no podía hablar debido a la sensación que me daban los gritos: a mí me parecía que eran de dolor.

El guarda salió, y apenas pisó la calle también escuchó los gritos. Créanme que fue divertido ver como palidecía y entraba corriendo al edificio. Lo primero que hizo fue llamar a la policía y luego desapareció en las escaleras.

Los demás nos quedamos afuera.

Pasados unos cinco minutos (tiempo record tratándose de Cali) llegaron dos patrullas y los policías subieron presurosos por las escaleras. Para entonces, varios transeúntes se habían apilado a las afueras del edificio de apartamentos. Todo el mundo estaba preocupado con la pobre niña. Un par de viejas sacaron sus rosarios y empezaron a rezar.

A los quince minutos de llegar la policía, los gritos finalmente cesaron. Casi de inmediato vimos salir personas del ascensor. Otros, junto con los policías bajaron por las escaleras. Todo el mundo venia con cara de consternación. Yo pensé que la niña había muerto, y varias personas afirmaron lo mismo. El guarda estaba mas extrañado que angustiado. Uno de los policías hablaba con la central por su radio, informaba que no había novedad.

El cubano se acercó al guarda y le puso conversa. Yo ya estaba con ganas de largarme del lugar, pero un chisme es un chisme, y mi mujer no me perdonaría la falta de detalles. Finalmente el cubano se me acercó y me dijo que los policías habían llegado al quinto piso, donde los gritos se escuchaban con mas vehemencia. Según el guarda, los gritos parecían venir de una de las columnas del edificio. Uno de los policías dio algunos golpes con una porra y entonces cesaron los gritos. Escalofriante.

Se hizo una última revisión y la gente fue dispersándose. Ese era un chisme de los buenos.

Yo no le paré mas bolas al asunto. Pero mi amigo, el cubano, no pudo resistirse y le hizo seguimiento al tema algunos días mas. Los gritos no reaparecieron, pero en la columna empezó a aparecer una humedad que no se iba ni con pintura.

Meses mas tarde, la humedad se hizo maloliente. Y un día, un plomero notó algo anormal en la columna. Al golpear con un destornillador, descubrió que la columna sonaba hueco en donde alguna vez se habían escuchado los gritos.

El plomero olio una vez mas la humedad. Los vellos de la nuca se le erizaron de inmediato.

Olía a viejo…

Meses mas tarde, la “columna gritona” se había vuelto tristemente célebre. Los apartamentos del cuarto al sexto piso iban siendo abandonados. Pronto, medio edificio tenía en sus ventanas avisos de “SE ARRIENDA” o “SE VENDE”. La administración tuvo que tomar cartas en el asunto, y a pesar de los riesgos estructurales, decidió remover aquel trozo de columna.

Un equipo de tres obreros tuvo la curiosa misión de “amputar” la columna interna del quinto piso. Aquella que llamaban “la columna escandalosa”.

Llegaron un sábado a primera hora. Luego del café y de algunas bromas de mal gusto, se prepararon a demoler la estructura. El mas joven tenía la misión de iniciar los golpes con una porra. Contundentemente dio un primer golpazo al concreto. De inmediato, una gran zona de la columna se vino abajo.

Asustados, los obreros saltaron y dieron algunos pasos atrás. Cuando el polvo se asentó un poco vieron el hueco.

Y lo que vieron los hizo retroceder aun mas.

Parte de la estructura estaba en el suelo, pero la que había quedado en pie presentaba una cavidad muy particular. Era como el molde de una niña. La parte frontal de su cuerpo estaba al interior de la columna, mientras que la espalda estaba en los restos caídos. Dos de los hombres se acercaron aterrados mientras veían el vaciado de humano en el concreto. No podían dejar de mirar la zona que había albergado la cabeza y el rostro. Casi que podía verse la expresión asustada de la niña mientras se asfixiaba entre el material de construcción. Se veía la boca abierta (y los dientes) en un silencioso y angustiado grito. Los pliegues del vestido y los pies eran perfectamente visibles: Era un molde perfecto de una niñita.



El tercer obrero, que había preferido no acercarse, tomó uno de los trozos de concreto del suelo. En el aparecía perfectamente vaciada una de las manos de la niñita. Las uñas y las rayas de las falanges aparecían con toda nitidez. Incluso un anillo parecía rodear el dedo anular de la pequeña. El muchacho guardó el trozo en su mochila.

Consternados, los obreros guardaron sus herramientas y bajaron en silencio. Cada uno de ellos solo podía pensar en el sufrimiento de la pequeña.

Se llamó a la policía y se hicieron varias investigaciones en el edificio. El proceso aun no termina, y la ruina acompaña la construcción desde entonces. Los apartamentos no se venden y tampoco se alquilan. Ningún vigilante quiere hacerse cargo del edificio y el lugar se deteriora poco a poco. Creo que hoy tienen planes de demoler la construcción. Supongo que no les queda mas alternativa. Han pasado tres años.

¿Y que pasó con el pedacito de concreto con la mano de la niña? Pues el joven obrero decidió llevarlo a su casa y lo puso en una repisa de la sala. Lo ha convertido en tema de conversación cuando sus amigos llegan a visitarlo a su casa. Por alguna razón sabia que a la niña ya no le importaría.

Y era verdad, pues la niña que erróneamente había saltado a nuestro universo sí que había pasado un susto enorme al quedar atrapada en la columna del edificio, pero afortunadamente había sido rescatada segundos antes de asfixiarse entre el concreto. Rápidamente la arrastraron a su universo original y minutos mas tarde recibió un fuerte regaño de su madre.

Jamás volvió a acercarse a un saltador transdimensional sin permiso. 

miércoles, 18 de julio de 2012

Médicos confundidos


Que alguien explique, ¿Cómo se manifiesta la vida?

La vida. Ese milagro tan difícil de definir. Sabemos diferenciar una planta viva de una artificial con solo mirarla, igual con un perro muerto... Yo también sé que estoy vivo. De alguna manera es así. Creo que al final no es un asunto orgánico, fisiológico o químico. Algún misterio ha de tener porque cuando ves a un cadáver de alguna manera “no lo ves vivo”. Para mi es maravilloso, pero para otros… bueno, otros descubren el secreto.

Conocí a uno de estos a finales de 2009.

Un sábado por la tarde fui a al “Parque de la Flora” en el norte de Cali para pasear a mi nuevo cachorro y socializarlo un poco, pues este parque es un lugar de reunión canino bastante popular. Lamentablemente, dos equipos de fútbol se batían a duelo por alguna ficticia copa del universo. Era un fiero partido. No tuve mas remedio que dar un par de vueltas al parque con mi enérgica mascota.

Al finalizar, encontré a un viejo sentado en una de las bancas del parque. Al parecer estaba muy interesado en el partido, pero al ver a mi perro no pudo evitar convertirlo en centro de atención. “Hermoso animal”, “Es cachorrito, ¿verdad?”, “Yo también tengo un labrador en la casa”. Con esas frases tan típicas iniciamos una conversación. Ahí me enteré que el tipo era el entrenador de uno de los equipos. Al darse cuenta que yo era un “genio informático”, me comentó que tenía problemas en su computador y quería que le ayudara. Un cliente es un cliente, así que acepté y quedé de revisarle su laptop al día siguiente.

El hombre vivía justo en la cuadra siguiente al parque, hacia el ferrocarril. Las casas de esa cuadra siempre me han gustado, son grandes y con patios que colindan con el parque. De alguna manera tu patio principal es precisamente el parque, lo que le da a las casas un toque campestre envidiable.

El estudio estaba en el segundo piso. Al entrar, lo primero que llamó mi atención fue una cabeza frenológica de porcelana. La biblioteca estaba colmada de libros de medicina y había algunas herramientas propias de los médicos. El escritorio del computador estaba plagado de esos suvenires típicos de los galenos: libretas con la marca de un laboratorio, una capsula “loca” publicitando un medicamento y un pequeño osito vestido de medico con una jeringa en su mano. No pude dejar de preguntarle: “¿Usted es medico?”.

El tipo mostró una sonrisa cansada y triste: “Hace muchos años fui neurólogo. Pero ahora ya no. Ahora juego futbol”. Asumí que no quería hablar del tema. Entonces me dediqué a revisar su computador. No me gusta ser metiche, pero no pude evitar observar que las páginas visitadas y las fotos descargadas estaban todas relacionadas con el mundo de la medicina. En fin, no podía arreglarle el problema del computador ahí mismo. Debía llevármelo a mi casa y trabajar allá. El viejo no tuvo inconveniente.

Me embolaté con otras cosas y solo arreglé el computador hasta el viernes siguiente. Llegué por la noche y vi parqueada en su garaje una espectacular camioneta “Lincoln”, posiblemente única en la ciudad. El vehículo pertenecía a un amigo del viejo, quien le traía como regalo una botellita de whisky de 24 añitos. Fui presentado y recomendado como el "experto en computadores de la familia". El era un cirujano.

El tipo se fue y me quedé ahí montando el equipo para ensayarlo junto al viejo. Mientras tanto, pidió a su esposa que abriera la botella y nos sirviera dos vasos de whisky con agua fría. Debo confesar que fue la primera vez que tomé un whisky de 24 años... y para ser muy honesto no noté ninguna diferencia con los normalitos.

Luego, animado por el calor del whisky, me contó que había sido un medico de la Universidad del Valle y que su especialidad era la neurocirugía. Pero que hacía ya treinta años había dejado la profesión para dedicarse de lleno al futbol: “Los trofeos que viste en la sala fueron de torneos de barrio, todos equipos entrenados por mi”. Ahí empezó un monologo futbolístico que no me interesaba mucho: el futbol no es mi fuerte.

Cuando yo llevaba solo dos vasos de whisky, el viejo ya iba por el cuarto. Era comprensible, pues me imaginé que deseaba beber la mayor parte de su botella. Debía dolerle tener que bebérsela en compañía de un desconocido. Yo me estaba aburriendo e hice la pregunta que me carcomía hacia varios minutos y que de alguna manera sabia que lo iba a incomodar: “Cambiando de tema, dígame ¿Por qué abandonó la medicina?”. Entonces su rostro se oscureció de inmediato. No sé si fue el trago o qué, pero sus ojos se llenaron de lágrimas. Y entonces dio inicio a un monologo mucho mas sorprendente que el de los equipuchos de futbol de barrio.

“Tengo sesenta y tres años. Fui medico a los veinticuatro y neurocirujano a los veintinueve. Hice mucha plata con esa carrera. Me casé y me di muchos lujos. Tuve mi apartamento en Miami y una hacienda en los llanos. Amo mi profesión y le agradezco todo lo que hoy tengo. A los treinta y cinco años me cambió la vida, muchacho. Y odié la medicina para siempre”.

En ese momento entró la esposa del viejo con una bolsa de papitas fritas. Nos detuvimos a comer un rato.

“Bueno, la cosa es que a nosotros nos enseñan que debemos salvar vidas. Ese es nuestro objetivo y parte del juramento hipocrático. Así que durante toda la carrera te dedicas a conocer la vida y a competir contra la muerte. Pero a fin de cuentas, ¿Qué es la vida?”.

Ahí se detuvo y se quedó mirándome. Esperaba una respuesta de mi parte y me cogió fuera de base: “mmm, la vida es un milagro…” dije estúpidamente. El viejo se quedó serio.

“Pues sí. La vida es un milagro muchacho. Un milagro bien raro. Veras, mi especialidad es el cerebro. Para mí, era la torre de control del cuerpo humano, sin cerebro no te mueves. Sin cerebro no piensas, mejor dicho: sin cerebro no funcionas. Pero los médicos nos encontramos con casos verdaderamente inverosímiles. Yo había escuchado leyendas en las reuniones de amigos cuando estudiaba. Alguna vez hicimos chistes sobre pacientes que no se habían dado cuenta que estaban muertos. Para serte sincero, algunos médicos te hablaban del caso extraoficialmente mientras dictaban clase. Pero de alguna manera, nadie lo menciona libremente. Ni en los libros encuentras casos similares”.

Hasta ahí yo no entendía muy bien a qué se refería el viejo. Supuse que hablaba de muertos vivientes… lo cual por supuesto no podía estar saliendo de boca de un medico. Pero como verán, me equivocaba.

“A lo largo de mi carrera, tuve que atender varios casos que iban en contra de lo que me habían enseñado. Por ejemplo, un paciente con un derrame cerebral tan grave, que parecía que su cerebro estaba achicharrado. Teóricamente, con ese pobre hombre no había nada que hacer, pero ahí estaba asustado y diciéndome “Doctor, no me deje morir. Tengo dos hijas”. Yo no sabía qué hacer. Para mí, su cerebro estaba muerto. Medicamente yo no podía hacer nada. El tipo salió caminando de la sala de urgencias al otro día. Luego se le hizo un examen en el Hospital Universitario y el cerebro no dio lectura alguna, incluso parecía que estaba descomponiéndose. Murió de una septicemia a los dos meses”.

“El día que le hicimos el electroencefalograma, el técnico y yo ni siquiera nos miramos. No sé si el muchacho ya había presenciado un caso similar, pero lo único que hizo fue buscar un informe de otro paciente sano, cambio el nombre, las fechas y me lo entregó junto con otros exámenes que indicaban que el paciente estaba completamente sano. Yo firmé sin objetar nada. De esta manera la familia quedó tranquila y cuando aquel hombre murió de septicemia, nadie investigó nada. ¿Te das cuenta? El asunto es rutinario. Pasa todos los días. El cuerpo humano sigue funcionando sin que sepamos como lo hace. A mi consultorio llegó una vez un indio que se quejaba de unos dolores de cabeza terribles y que no le habían podido controlar. El médico que me lo remitió había hecho una anotación en el informe con bolígrafo rojo que decía MIGRAÑA CRONICA*. Ese asterisco es un código que algunos médicos manejan para decir que la cosa es increíblemente rara. Si alguna vez encuentras un asterisco rojo en una formula medica, asústate”.

“De inmediato supe que se trataba de un paciente interesante. Pero al examinarlo, me di cuenta que era algo que ni la religión podría explicar. Su corazón no latía, sus reflejos se habían ido de vacaciones y sus pupilas eran enormes. La sangre no se movía por sus venas. Ponerle el estetoscopio en el pecho daba el mismo resultado que ponerlo en una lapida de mármol. Le tomé una muestra de sangre y esta era negra. Casi necrótica. Yo no podía hacer nada por él, ¡me habían enseñado a curar gente viva! Técnicamente, un muerto no es un paciente”.

Bebí otro trago de whisky pensando que el tipo me estaba "mamando gallo". Entonces, yo comenté que debía tratarse de una respuesta anómala del cerebro. En mi mente, me imaginaba un computador al que se le dañó el procesador pero que aun te muestra los datos de la BIOS. En ese caso crees que aun funciona. El viejo no aceptó mi teoría.

“¡No! No es un asunto cerebral. Con esos casos me di cuenta que el cerebro no contiene la conciencia, ni controla nada. En teoría, podrías extirpar todos y cada uno de los órganos y la persona podría seguir viva. El problema médico radica en que no sucede en todos los casos. Tengo un caso mas increíble aun: el de un gerente de una multinacional que no tiene cerebro. ¡Imagínate! ¡No tiene cerebro!, y es el gerente de una empresa gigantesca. ¿Cómo lo explicas?”.

“Y finalmente, eso fue lo que me hizo tanto daño; tanto como para abandonar mi carrera. Y como me imagino que no me crees, entonces te planteo esta situación: cuando ves a una persona dormida, sabes que está dormida. Cuando ves un muerto, sabes que está muerto. Si pongo a un muerto al lado de un personaje dormido, seguramente sabrás diferenciarlos. La muerte puede verse, o percibirse, al igual que la vida. ¿Sí o no?”.

Tuve que responder que sí. Y es verdad, todos sabemos diferenciar entre una estatua de cera, un dormilón y un cadáver. Somos prácticamente la única especie con esa capacidad… y creo que también los elefantes.

El viejo se levantó y salió de la habitación. A su regreso, traía consigo una caja grande de madera. La abrió con parsimonia. Dentro podía verse un montón de viruta de madera. Hurgó un poco y extrajo un cráneo humano. Me preguntó: “Míralo bien. ¿Está vivo o muerto?”.

Yo le aseguré que estaba muerto, y el viejo asintió satisfecho. Luego metió la mano nuevamente y sacó otro cráneo humano. No me van a creer, pero el corazón casi se me sale por la boca.

“Ahora mira bien este… ¿está vivo o muerto?”. Yo guardaba silencio. Esa cosa estaba viva… no sé cómo, pero así era. No pude articular palabra, así que el viejo siguió hablando.  

“Está vivo. Este cráneo vive. No se mueve porque le faltan todos los músculos y no tiene como descomponerse. Pero esta vivito y coleando”. Me lo pasó y yo tuve que rechazarlo. No podría tocarlo de ninguna manera. El viejo sonrió.

“Me lo regaló un medico holandés que estudiaba este fenómeno en privado. El tipo se suicidó a principios de los noventa. Pero aun hay mas, espérame un momento”.

Volvió al rato con otra caja cubierta con una tela oscura y al parecer su esposa lo reprendió por “estar sacando esa cosa tan fea”.

“Espera y veras. Te voy a presentar a una amiguita”.

Removió la tela y ¡ta-ran! Se descubrió una caja de vidrio, como un pequeño acuario. Dentro había una mano cortada mas o menos hasta la mitad del antebrazo. Estaba sumergida en un líquido, seguramente formol.

Y se movía como un pez.

Yo me levanté de la silla muy nervioso. Ya no me parecía divertido. Además, para entonces el rostro del médico rayaba en la locura. Indudablemente era debido al whisky de 24 años… pero yo me sentía en el gabinete de un científico loco.

“Tranquilo, que no se va a escapar. Es que es muy inquieta. Y se me está dañando, ¡qué pesar!”.

En efecto, la mano no se veía en muy buenas condiciones, el dedo meñique ya no tenía carne y la última falange se había desprendido; el muñón por donde estaba cortada parecía musgo. De lejos, es la cosa mas inquietante que he visto.

“Perteneció a un motociclista que se mató en la avenida sexta. Se decapitó pero al final seguía moviéndose y la cabeza trataba de hablar en todo momento. En la sala de urgencias tuvimos que darle con martillo para que al menos no se moviera y la familia pudiera verlo bien muerto. En esos casos hay que dañar tendones y músculos para dejarlos estáticos porque el cadáver no deja de moverse. Yo me quedé con este recuerdo, para investigarlo en privado. Pero finalmente decidí abandonar todo este cuento”.

“La verdad es que algunas personas y algunos seres son insuflados con algo que no es propiamente vida. Si me preguntas a mí, te diré que estos personajes están poseídos por algo mas. Algo que no es de este mundo”.



Yo ya no podía mas. Me despedí y a la vez pedí disculpas. El viejo se quedó sentado con su “mascota” y su esposa me acompaño a la salida. Estaba incomoda con la situación: “Yo me imagino cómo debe sentirse. El viejo nunca ha hablado de esto con alguien que no sea medico, pero yo le ruego que no le cuente nada a nadie. ¿Me lo promete?”. Yo le prometí que si… aunque ahora estoy faltando a mi palabra. Ojala me perdone.

Salí de esa casa completamente aterrado. Aquella mano estaba viva y nadaba entre el liquido como un pez infernal. Esa noche comprendí que algunas personas poseen una “vida diferente” a la de otras. Algunas han sido poseídas por alguna entidad que hace que sus cuerpos y mentes funcionen a un nivel completamente distinto. Lo inquietante del asunto es que podría pasar a cualquiera. Tal vez cuando nacemos “algo” se apodera de nuestros cuerpos y los mantiene en movimiento, aun cuando biológicamente sea imposible. Esa noche, al ver aquella mano nadar como un pez, supe que la vida tiene un secreto inconfesable.

Y tal vez maligno.

Nunca volví donde aquel medico. Y tampoco volví a beber whisky de 24 años.