lunes, 24 de septiembre de 2012

Primer Capitulo de la Expedición Grancolombia 1938

Hola a todos,

Antes que nada quiero agradecer a todos aquellos que leen mis cuentos y mucho mas a aquellos que los han comentado. Como ya saben, he publicado mi primer libro "grande" y quiero compartir los tres primeros capítulos. Ojalá lo disfruten y lo comenten. Les recuerdo la página del libro: www.miskatonic-colombia.com .

EXPEDICIÓN GRANCOLOMBIA 1938



CAPITULO 1


Aeródromo de Bocagrande, Cartagena de Indias. Área de Zepelínes. 10 de marzo de 1938.


El amanecer bañaba al enorme zepelín “Abraham Lincoln”. Sus setenta pasajeros, de clases media y alta, se arrimaban a los ventanales para saludar a la ciudad de Cartagena de Indias. Las cámaras químicas destellaban por doquier y se respiraba un aire de emoción por la llegada a la ciudad más importante de la Grancolombia. Una ligera lluvia bañaba el aeródromo, compuesto de veinte torres separadas unos cien metros una de otra. En cada una de ellas había operarios listos para amarrar las cuerdas de los zeppelines y ajustar las escaleras para la bajada de los pasajeros. El aeródromo era imponente. El más grande del continente sudamericano y la puerta de entrada desde el resto del mundo.
Pocos pasajeros se resistían a tomarse una fotografía al frente de los ventanales con la bahía de Cartagena como fondo; todos excepto un hombre que a esa hora leía el periódico en la zona de cafetería. Fumaba tranquilamente su pipa y pasaba las páginas del “Periódico de la Grancolombia”, ensimismado en un artículo referente a la tercera Gran Expedición Botánica del Nuevo Reino de Granada, celebrada 10 años antes en toda la región grancolombiana. Parte de sus compañeros de la Universidad de Miskatonic habían participado en aquella expedición. Y al parecer, varios de ellos habían muerto.
Pasado un rato se sintió un leve sacudón, producto de la detención y amarre final del Abraham Lincoln. Un molesto bullicio sacó a aquel hombre de sus vaporosos pensamientos. Cuidadosamente recortó el artículo de la expedición botánica, tomó su caja de instrumentos y guardó su pipa en ella. Ajustó su sombrero y salió de la cafetería. Antes de abandonar el zepelín, iría a su camarote por su mochila de cuero y luego saldría del Abraham Lincoln en busca de un conductor que lo llevaría directamente a Santa Fe de Bogotá.
El andar pausado no concordaba con los tormentosos pensamientos de aquel personaje. Un metro setenta de estatura, contextura gruesa pero sin aparentar gordura, cabello negro mal peinado y un calmado rostro broncíneo guiado por dos grandes ojos negros. Su elegante vestimenta: pantalón, chaleco y levita fastidiaban a este hombre, cuyo afán de exploración exigía menos formalidad en el vestir y para quien un simple sombrero causaba todas las incomodidades del mundo.
Luego de diligenciar el papeleo y de telegrafiar a la Universidad de Miskatonic para avisar de su llegada, el hombre salió del aeródromo en busca del conductor. No tardó mucho en hallar al hombrecillo con un papel levantado que rezaba: “Ing. Radek – univ. Miskatonic”. Sonriendo, Radek se acercó al conductor, se presentó y tras unas pocas palabras subió al vehículo acompañado solo de su caja de instrumentos y de su mochila personal. El móvil en cuestión era un broncíneo aparato impulsado por reactor químico. Según el hombrecillo, tardarían unas 3 o 4 horas en llegar a Santa Fe de Bogotá. El conductor pidió que le llamara “Don Vega”. Varios medidores de presión y velocidad en el panel principal indicaron a Radek que el vehículo transitaría tan solo a unos exasperantes 200 kilómetros por hora, y que le valía más dormir un poco que deleitarse con el aire caribeño de la ciudad de Cartagena de Indias. Sin embargo, su curiosidad científica y su afán exploratorio le valieron para observar con cuidado los muelles cartageneros, catalogados como los más grandes del mundo. Varias embarcaciones gigantescas anclaban en la bahía de Cartagena, y la opulencia de sus libreas indicaba riqueza y abundancia, características que la Grancolombia usaba para demostrar su poderío ante otros imperios del continente. Miskatonic pujaba por instalar algunas sedes sudamericanas en este país, y posiblemente ya estaban estableciendo contactos para ello con el Real Gobierno.
La mayor parte del trayecto transcurría en la red de túneles subterráneos, compuesta por vías tubulares de alta velocidad. Varias veces se cruzaron con otros móviles de diferentes tecnologías: algunos puramente químicos, otros a vapor y los más avanzados de energía eléctrica. A Radek le llamó la atención ver los novedosos vehículos de fusión de hidrogeno desarrollados en la ciudad de Medellín, cuya tecnología se preparaba para la gran Feria Mundial de 1940. Debieron detenerse durante una hora cerca de la ciudad industrial de Manizales. La razón fue la mala calibración de arsénico en el volumen del combustible del vehículo de Don Vega. Esta situación irritó un poco a Radek, quien a pesar de todo asumió la demora estoicamente; era consciente de que su silencio tenia nervioso a Don Vega y tal vez ahí radicaba la falla con la calibración de los químicos del vehículo. Por un momento, Radek pensó que lo mejor sería iniciar una alegre charla con el hombrecillo. Pero luego desechó la idea: por ahora prefería seguir sumergido en sus preocupaciones, que no eran pocas.
 
La llegada a Santa Fe de Bogotá fue muy llamativa. Se trataba de la quinta ciudad más grande del mundo y su arquitectura e industrias lo demostraban firmemente. Varios vehículos voladores revoloteaban entre los enormes rascacielos, y algunas bases dirigibles militares vigilaban la ciudad desde el aire. El edificio más llamativo era la torre del reloj, tenía nada más ni nada menos que mil cien metros de altura; coronada por cuatro relojes que apuntaban a los puntos cardinales, se constituía como la construcción más imponente del país. También era un edificio bastante aguafiestas, pues al verse desde todas partes era muy difícil explicar una llegada tarde.
Radek se complacía con la ciudad, con el smog y con la bruma. Santa Fe de Bogotá merecía ser explorada más adelante. Sabía que los científicos de la Grancolombia habían logrado grandes avances en los últimos veinte años. Y también sabía que Miskatonic debía tratar de estar lo más cerca posible para extraer algo de aquel fluido intelectual.
El móvil químico de Vega subía varias rampas que poco a poco le elevaron unos cien metros del suelo. De esta forma alcanzó una cornisa bellamente adornada que daba paso a las puertas del edificio del ayuntamiento. Ese era el destino del Ingeniero John Radek.
Vega se detuvo y Radek se apeó del vehículo con una leve despedida.

Ahora su andar era apresurado.

El hall del edificio era ridículamente grande. Un par jardines a lado y lado estaban coronados por unas enormes palmas de cera en sus centros. En cada uno de ellos había distintas muestras de la fauna del país y cualquier zoólogo habría tenido bastante material con solo darles una ojeada. Más adelante aparecía la enorme recepción en la que atendían dos mujeres, ambas en sillas móviles elevadas por unas grúas de aspecto frágil. Las dos estaban firmemente acopladas a sus asientos y solo sus manos esbozaban algún movimiento. De sus rostros solo se apreciaba mentón, boca y mejillas, el resto era una máscara óptica cuyas lentes transmitían varios datos gracias a indicadores luminosos. Una de ellas se acercó a Radek en silencio, se detuvo a pocos centímetros de su rostro y le preguntó sobre su visita. Radek pensó que a esa distancia bien podía besarla, pero aun así respondió con sobriedad:
–Mi nombre es John Radek, soy licenciado por la Universidad de Miskatonic y tengo una cita con el Comodoro Isaac Salas. Debo verlo en diez minutos.
Los lentes de la chica hicieron varios movimientos giratorios, revelando mecanismos de relojería bastante precisos en su interior. Dos pequeñas luces en la corona de la cabeza cambiaron de rojo a azul y la chica se elevó unos cuatro metros en dirección opuesta a Radek. La pared posterior de la recepción media unos seis metros de altura por diez de ancho y sobre ella se deslizaban las dos chicas una vez que sus visitantes se presentaban, luego se dirigían al casillero correspondiente donde los dirigentes del ayuntamiento dejaban las cartas de invitación. La mujer encontró rápidamente la carta de Radek y se la entregó:
–Buenas tardes Ingeniero Radek, por favor diríjase al piso 40 y busque la oficina 404 –le regaló una fría sonrisa propia de su oficio–. El Comodoro le espera.
Radek hizo una leve reverencia y subió a la oficina de Isaac Salas.

El piso 40 tenía cuatro oficinas, todas de gran tamaño. Dos de ellas destinadas a la Dirección de Aduanas e Impuestos, otra era la sede grancolombiana del partido Nacional Socialista y la tercera era la Dirección de Asuntos Extranjeros, de la cual hacia parte el Comodoro Isaac Salas.
Radek fue conducido hasta el despacho de Salas por su secretaria. Ahí encontró a un hombre serio, distinguido, alto, y delgado, cuya edad podía estar entre 45 y 50 años. Radek extendió su mano hacia él y fue correspondido con un fuerte apretón.
–¡Ingeniero Radek! Sea usted bienvenido a mi país.
–Es un placer para mi, Comodoro –Radek debía levantar la vista para encontrar los ojos de salas–. Su país ha superado con creces todas mis expectativas. Supongo que la Universidad ha enviado mi currículo y mi carta de presentación.
Salas se divertía con los asuntos diplomáticos, pero honestamente no conocía a Radek y tampoco había leído su currículo. Normalmente los visitantes universitarios se contentaban con dar alguna vuelta por allí y punto.
–El famoso ingeniero Radek no necesita presentación en mi despacho –Salas evadió la mirada del sorprendido ingeniero–. Sin embargo prefiero oír de viva voz los pormenores de su visita. Por favor siéntese y deléiteme con su presentación… supongo que tendrá que ver con la expedición que mencionan en las cartas.
El joven ingeniero obedeció y tomó asiento. Dejó su caja y su mochila en el suelo y procedió a explicar en detalle el motivo y el objetivo de su visita.
Radek había sido enviado por la Universidad de Miskatonic en calidad de Ingeniero Feérico. Diez años atrás, y durante la expedición botánica en la región central del Cauca, se habían generado varias dudas que la Universidad deseaba aclarar. Se habían hallado diversas entidades elementales cuya ubicación era bastante anormal –por decir lo menos– y que no estaban bien catalogadas. Además, el museo deseaba completar el capítulo dedicado a la Grancolombia. Seguramente, el Real Gobierno Grancolombiano de alegraría de presentar los resultados en la Feria Mundial de 1940.
– ¡Maravilloso! –Salas empezaba a aburrirse–. Pongo mi gente a su disposición. Supongo que la excelentísima Universidad habrá enviado equipos para su expedición. Esos podrá almacenarlos en una guarnición militar. También pondré algunos soldados a su disposición y puedo ofrecerle la compañía de un guía bastante reconocido de la región.
–Agradezco su colaboración, Comodoro, créame que me será de suma utilidad. Sin embargo había otro asunto que debía comentarle de parte del Profesor Coronado Hayes, del cual usted ya habrá tenido oportunidad de escuchar.
El ceño de salas ahora se mostraba con impaciencia, delatando la molestia de su dueño. Guardó silencio e hizo un gesto a Radek para que continuara.
–Resulta que es de vital importancia hablar con el Capitán Rafael Umaña, pues es la única persona que conoce el destino final de los científicos de la anterior expedición.
Salas cambió su expresión. Ahora era un hombre recio que no iba a tolerar impertinencias:
–Ingeniero Radek. No es desconocido para ninguno de nosotros que Umaña murió trágicamente pocas horas después de haber sido rescatado. Me incomoda su solicitud pues aquel Capitán era mi amigo personal. Me dolió mucho verlo morir en tan extremo sufrimiento. No pudo decirnos absolutamente nada pues una vez lo tuvimos con nosotros cayó en un coma profundo para no despertar jamás. Lo vi retorcerse en aquel trance y nuestros médicos no podían detener sus espasmos.
Radek se había levantado ansioso:
–Lo sé Comodoro. Y entiendo su dolor, créame. Varios de mis mejores amigos y colegas participaron de aquella expedición. Y solo nos queda de ellos una patética colección de especímenes que lograron enviarnos antes de la tragedia.
Radek hizo la pregunta más incomoda del día:
–Por favor, dígame cuales fueron sus últimas palabras.
Salas le miró con furia, pero trató de apaciguarse. Evadió la mirada de Radek y pidió datos a su mente. Recordaba con tristeza como Umaña había salido de la espesura cojeando maltrecho, con cientos de heridas en su cuerpo. Una viscosidad negra lo cubría en gran parte, como una brea maloliente.  Era un milagro que aun conservara algo de sangre en sus venas. Al ver al equipo de rescate sucumbió y se desmayó. Pasadas unas horas despertó entre convulsiones y solo atinó a decir una palabra: ¿pela?, ¿palo?, ¿palos?, Salas no recordaba bien.
–No recuerdo, pero creo que intentaba decirnos algo así como “palos” o “pelos”. No estoy seguro. De cualquier forma ya está muerto. Y sus amigos también. Por favor cambiemos de tema.
Radek había tomado asiento una vez más. Sentía pena por Umaña, aquel hombre era el único que sabía cuál había sido el destino de sus amigos. Aun así, Radek tenía una alternativa y trataría de revelarla sin permitir que la emoción se reflejara en su rostro, más aun en un momento tan solemne.
–Mmm… la muerte de Umaña no es un obstáculo, Comodoro –ahora era Radek quien eludía la perpleja mirada de Salas–. Aun podemos entrevistar al Capitán Rafael Umaña. 
–¿Cómo? –Salas se acercó a Radek con violencia–. ¡No se atreva a bromear conmigo!
–Tranquilícese Comodoro –Radek sonreía y en ese momento levantó su caja de instrumentos.
Parsimoniosamente abrió la caja, la cual contenía algunos frascos y una jeringa de vidrio de preocupante tamaño.
–Algunos de estos fluidos ya los conoce usted, Comodoro; se trata de “Corazón de Tanzania”, “Elixir solar” y “Éter pétreo siberiano” –Radek presentó cada uno de los frascos–. Como podrá imaginarse, la función de estos es meramente preventiva. Por sí mismos solo servirán para establecer perímetros contra elementales en caso de necesidad. En el equipo enviado por la Universidad dispongo de algunas pistolas delimitadoras dimensionales para hacer correcto uso de estos compuestos: no obviamos ningún detalle.
En ese momento tomó la jeringa cuyo contenido consistía en un líquido verde oscuro con algunas vetas de aspecto sucio.
–Pero esto… es distinto –Radek levantó la jeringa mientras la miraba apasionadamente–. Esto es, ni más ni menos, que el fluido reanimador de West. En una versión depurada y refinada que ni él mismo hubiese imaginado. Radek miró al Comodoro y sonrió:
–Estimado Comodoro, ¡por supuesto que aun podemos hablar con el Capitán Umaña!  

CONTINUA EN EL CAPITULO 2.... 

Andrés Gómez



lunes, 17 de septiembre de 2012

Anuncio mi primer libro: "Expedición Grancolombia 1938"

EXPEDICIÓN GRANCOLOMBIA 1938

Bueno, ya era hora. Mi primer libro esta disponible para la venta en Bubok.co. Se trata de una aventura retrofuturista en una Grancolombia ficticia, que abarca territorios venezolanos, colombianos y ecuatorianos.



La escribí al mejor estilo "Dieselpunk", lo cual me abría un enorme abanico de posibilidades en cuanto a fantasía y ciencia ficción, así que los amantes de este genero no quedaran defraudados. Supongo que los seguidores del estilo Steampunk tambien disfrutaran de mi libro, aunque echaran de menos el estilo victoriano propio de su genero.

La obra es un homenaje a una de las regiones mas hermosas y misteriosas de Colombia: el Chocó, pero también es un homenaje a Lovecraft, quien me ha servido de inspiración para muchos de mis cuentos. Pero... ya era hora de atreverme con una obra grande, así que aquí la presento.



La portada del libro, el logotipo y el cuadro de la parte posterior son obra de mi cuñado William R. León, quien ha sido una de las personas encargadas de revisar el borrador de la Expedición y cuyo entusiasmo fue clave para continuar. En el sitio web podrán ver parte de las obras que ha logrado con sus pinceles y sus tubos de pintura. El cuadro que logró sacarme de un terrible bloqueo mental fue obra suya.

Para los interesados, les invito a explorar el sitio web del libro y la pagina de Bubok, estos son los enlaces:

http://www.miskatonic-colombia.com/

http://www.bubok.co/libros/210607/EXPEDICION-GRANCOLOMBIA-1938

Y un "Book trailer" en Youtube:

http://www.youtube.com/watch?v=b594RDtJ9-I

En el blog voy a poner los 3 primeros capítulos, para aquellos que quieran darle una probadita antes de devorarla toda.

Muchas gracias a todos aquellos que han comentado mis cuentos, créanme que esas opiniones fueron las que me dieron el ultimo empujón para atreverme a continuar con este proyecto.

Y a los que decidan convertirse en lectores de mis obras, les anuncio que siguen dos proyectos mas que espero pueda publicar muy pronto. Gracias!!!!!


lunes, 3 de septiembre de 2012

El día que cantaron las lagartijas


¿Alguien recuerda cuando empezaron a cantar las lagartijas? Yo no estoy seguro, pero ni en mi niñez, ni en mi adolescencia recuerdo el característico “IK-IK-IK-IK-IK” de las lagartijas. Nací en el setenta y siete, y como buen amante de los animales, estuve siempre atento a las lagartijas. No sé a cuantas maté de niño, pero estoy seguro de ser un personaje odiado en el reino de las lagartijas. Sería iniciando el siglo XXI cuanto escuché el primer canto lagartijesco. Al principio pensábamos que se trataba de algún pajarillo nocturno: “cucaracheros” decían algunos, “lechuzas” decían otros.



Pero no: eran las lagartijas. Recuerdo la perplejidad que me causo ver el extraño ritual. Era de noche y una audaz lagartija había subido a nuestra mesa de comedor. Reptó un poco, con prudencia pues desconocía mis intenciones. De pronto se acercó a uno de los bordes y se quedó completamente quieta. Entonces estiró el cuello un poquito y luego… “IK-IK-IK-IK-IK”.

Yo no podía creerlo, ¡finalmente no se trataba de pájaros!, era una pinche lagartija. No pude evitar soltar una carcajada emocionada, era un gran descubrimiento, digno de ser contado cuanto antes.

A la lagartija no le pareció gracioso, y entonces echó a correr.

A partir de ahí, el canto de las lagartijas sería bastante común. Y si lo escuchabas, y no sabias cual era su origen, entonces no eras mas que un pobre tonto. El canto de las lagartijas era lo mas “in del momento.

“…IK-IK-IK-IK-IK…”

¿Que pensarían las lagartijas?

“Reptar por aquí. Reptar por allá. Vio un zancudo y caminó despacio, solapadamente, con hambre y con ganas de insecto. Buscaría una luz pues los sabrosos bichos se acercaban idiotizados a ella por las noches. Sus patas sentían cada micro grieta en la pared y le otorgaban la agilidad de caminar verticalmente como el mas duro de los escaladores. Se acercó calladamente, el zancudo no se movía. Pobre tonto. Movió su cuello con asombrosa velocidad y en un instante ya estaba tragando al delicioso insecto. Con suerte estaría relleno de sangre: con centro líquido, esos eran los mas ricos.

“Regresó al suelo, siempre caminando despacio, con paciencia. Se metió debajo de la nevera y caminó confiada. A veces encontraba cucarachas ahí, pero eran demasiado grandes y prefería no pelear con ellas. Con suerte habría alguna garrapata confundida en la oscuridad: ¡como le gustaban las garrapatas!
De pronto, su instinto animal le dijo que algo no andaba bien. Lo sentía en las patas. Algo había crujido en lo mas profundo de la tierra, tan hondo que ni el mejor de los sismógrafos lo podría detectar. Algo se había roto en las entrañas del planeta.

“Esperó a que la sensación desapareciera. Entonces supo que debía avisarle a las demás lagartijas.

“…IK-IK-IK-IK-IK…”

“Se acercaba el fin. Las lagartijas lo sabían. Y lo comunicaban siempre que podían.

“Entonces una polilla aterrizó mas adelante. Dejó de cantar y caminó despacio, solapadamente, con hambre y con ganas de insecto.

El mundo estaba a punto de acabarse, si, pero siempre había tiempo para una polilla mas.

“…IK-IK-IK-IK-IK…”

El bajorrelieve



Mi mujer y yo vivimos en el barrio La Campiña, cerca del barrio Chipichape. Es un barrio muy agradable; como decimos por acá: un buen vividero. Todos los días sacamos a pasear a nuestro perro y le damos un par de vueltas al supermercado de la zona. Al caminar por ahí, pasas al lado de varios edificios, algunos de ellos bastante pomposos.



Una mañana iba con mi mascota por el camino de siempre, en la acera al frente de los edificios. Entonces escuché los gritos desesperados de una niña: “¡AYUDA! ¡AYUDA!, ¡ME DEJARON ENCERRADA!”. Mi perro inmediatamente se puso alerta y empezó a ladrar. Otros transeúntes escucharon lo mismo. Uno de mis vecinos, el “cubano”, venía detrás de mí con su perrito, e inmediatamente dijo: “Es una niña y la dejaron encerrada, hay que ayudarle”. Así que tres de los que estábamos ahí (todos con perro) nos acercamos a la portería del edificio, donde el vigilante veía televisión con toda tranquilidad. Le tocamos y le dijimos que una niña estaba en problemas en alguno de los apartamentos. El tipo nos dijo con impaciencia que no se escuchaba nada y que no lo molestáramos.

Ya se imaginaran el estado de nosotros los voluntarios y también de la irritación del guarda. Los gritos no cesaban. El cubano y otro señor discutían con el viejo guarda, mientras yo guardaba silencio y escuchaba los gritos. Sé que parezco un pusilánime, pero yo no podía hablar debido a la sensación que me daban los gritos: a mí me parecía que eran de dolor.

El guarda salió, y apenas pisó la calle también escuchó los gritos. Créanme que fue divertido ver como palidecía y entraba corriendo al edificio. Lo primero que hizo fue llamar a la policía y luego desapareció en las escaleras.

Los demás nos quedamos afuera.

Pasados unos cinco minutos (tiempo record tratándose de Cali) llegaron dos patrullas y los policías subieron presurosos por las escaleras. Para entonces, varios transeúntes se habían apilado a las afueras del edificio de apartamentos. Todo el mundo estaba preocupado con la pobre niña. Un par de viejas sacaron sus rosarios y empezaron a rezar.

A los quince minutos de llegar la policía, los gritos finalmente cesaron. Casi de inmediato vimos salir personas del ascensor. Otros, junto con los policías bajaron por las escaleras. Todo el mundo venia con cara de consternación. Yo pensé que la niña había muerto, y varias personas afirmaron lo mismo. El guarda estaba mas extrañado que angustiado. Uno de los policías hablaba con la central por su radio, informaba que no había novedad.

El cubano se acercó al guarda y le puso conversa. Yo ya estaba con ganas de largarme del lugar, pero un chisme es un chisme, y mi mujer no me perdonaría la falta de detalles. Finalmente el cubano se me acercó y me dijo que los policías habían llegado al quinto piso, donde los gritos se escuchaban con mas vehemencia. Según el guarda, los gritos parecían venir de una de las columnas del edificio. Uno de los policías dio algunos golpes con una porra y entonces cesaron los gritos. Escalofriante.

Se hizo una última revisión y la gente fue dispersándose. Ese era un chisme de los buenos.

Yo no le paré mas bolas al asunto. Pero mi amigo, el cubano, no pudo resistirse y le hizo seguimiento al tema algunos días mas. Los gritos no reaparecieron, pero en la columna empezó a aparecer una humedad que no se iba ni con pintura.

Meses mas tarde, la humedad se hizo maloliente. Y un día, un plomero notó algo anormal en la columna. Al golpear con un destornillador, descubrió que la columna sonaba hueco en donde alguna vez se habían escuchado los gritos.

El plomero olio una vez mas la humedad. Los vellos de la nuca se le erizaron de inmediato.

Olía a viejo…

Meses mas tarde, la “columna gritona” se había vuelto tristemente célebre. Los apartamentos del cuarto al sexto piso iban siendo abandonados. Pronto, medio edificio tenía en sus ventanas avisos de “SE ARRIENDA” o “SE VENDE”. La administración tuvo que tomar cartas en el asunto, y a pesar de los riesgos estructurales, decidió remover aquel trozo de columna.

Un equipo de tres obreros tuvo la curiosa misión de “amputar” la columna interna del quinto piso. Aquella que llamaban “la columna escandalosa”.

Llegaron un sábado a primera hora. Luego del café y de algunas bromas de mal gusto, se prepararon a demoler la estructura. El mas joven tenía la misión de iniciar los golpes con una porra. Contundentemente dio un primer golpazo al concreto. De inmediato, una gran zona de la columna se vino abajo.

Asustados, los obreros saltaron y dieron algunos pasos atrás. Cuando el polvo se asentó un poco vieron el hueco.

Y lo que vieron los hizo retroceder aun mas.

Parte de la estructura estaba en el suelo, pero la que había quedado en pie presentaba una cavidad muy particular. Era como el molde de una niña. La parte frontal de su cuerpo estaba al interior de la columna, mientras que la espalda estaba en los restos caídos. Dos de los hombres se acercaron aterrados mientras veían el vaciado de humano en el concreto. No podían dejar de mirar la zona que había albergado la cabeza y el rostro. Casi que podía verse la expresión asustada de la niña mientras se asfixiaba entre el material de construcción. Se veía la boca abierta (y los dientes) en un silencioso y angustiado grito. Los pliegues del vestido y los pies eran perfectamente visibles: Era un molde perfecto de una niñita.



El tercer obrero, que había preferido no acercarse, tomó uno de los trozos de concreto del suelo. En el aparecía perfectamente vaciada una de las manos de la niñita. Las uñas y las rayas de las falanges aparecían con toda nitidez. Incluso un anillo parecía rodear el dedo anular de la pequeña. El muchacho guardó el trozo en su mochila.

Consternados, los obreros guardaron sus herramientas y bajaron en silencio. Cada uno de ellos solo podía pensar en el sufrimiento de la pequeña.

Se llamó a la policía y se hicieron varias investigaciones en el edificio. El proceso aun no termina, y la ruina acompaña la construcción desde entonces. Los apartamentos no se venden y tampoco se alquilan. Ningún vigilante quiere hacerse cargo del edificio y el lugar se deteriora poco a poco. Creo que hoy tienen planes de demoler la construcción. Supongo que no les queda mas alternativa. Han pasado tres años.

¿Y que pasó con el pedacito de concreto con la mano de la niña? Pues el joven obrero decidió llevarlo a su casa y lo puso en una repisa de la sala. Lo ha convertido en tema de conversación cuando sus amigos llegan a visitarlo a su casa. Por alguna razón sabia que a la niña ya no le importaría.

Y era verdad, pues la niña que erróneamente había saltado a nuestro universo sí que había pasado un susto enorme al quedar atrapada en la columna del edificio, pero afortunadamente había sido rescatada segundos antes de asfixiarse entre el concreto. Rápidamente la arrastraron a su universo original y minutos mas tarde recibió un fuerte regaño de su madre.

Jamás volvió a acercarse a un saltador transdimensional sin permiso.