jueves, 22 de marzo de 2012

La cura de todos los males

¿Buscan una cura contra el cáncer? ¿Contra el SIDA? ¿Les van a amputar una extremidad? ¿La tuberculosis los está matando?

Fácil, simplemente vayan a uno de los famosos centros comerciales del sur de Cali y busquen a un pseudo-medico que mas bien parece un indio amazónico. Allí podrán encontrar la cura para cualquier mal que los aqueje.



¿Será un charlatán? En mi opinión (y la de la mayoría de médicos) es claro que sí lo es.

Además parece ser muy peligroso, pues su estadística de éxitos es alarmantemente baja y cuajada de dudas. El te cura el cáncer, pero aun así, al mes te mueres… según el por otras causas… En fin, su local es famoso. Aquel medico te curará con medicamentos bastante peculiares: aguas rosadas, pepas de azúcar, jabones milagrosos o incluso veneno de alacrán azul (que nadie sabe realmente de donde lo saca…) y hasta malteadas de células madre.

Te recuerdo: el tipo tiene capacidad de curar cualquier enfermedad. Por extraña que sea.

Eso sí, el tratamiento es costoso, más que el de cualquier otro médico. Cuentas de 8 y 9 cifras son comunes en su caja registradora.

Es un medico feliz. Y por supuesto es un millonario notable.

Pero no esta exento de problemas.

Hoy es uno de esos días. En este momento tiene un revolver 357 con cacha de oro apuntándole entre los dos ojos. El dueño es un mafioso de loca mirada y muy desesperado.

El doctor Edwin ya ha pasado por esto. Es una situación muy común en su consultorio y siempre la ha sabido manejar. Pero la mirada del mafioso del 357 le preocupa hoy mas que nunca: el tipo no solo está desesperado y furioso, sino que está loco de remate.

“¡Salve a mi hija o le empaco las seis balas en la cabeza! ¿¡Me oyó bien!? ¡Sálvela ya!”.

Edwin trató de calmarlo, le informó que no podía hacer un diagnostico adecuado con un revolver tan cerca. Se acercó a la chica y la revisó con parsimonia. Le pidió a la lacrimosa madre que le entregara el historial médico de la paciente. Los exámenes y demás documentos tenían el logotipo de la “Fundación”. Esto preocupó mucho al medicucho pues en el fondo tenia clarísimo que esos médicos eran verdaderos profesionales y que sabían lo que hacían.

La muchacha tenía un cáncer terminal. Los documentos eran clarísimos y el oncólogo prácticamente la había desahuciado. Edwin se imaginó que aquel oncólogo también habría conocido al 357 de cachas de oro y que seguramente lo había recomendado a él cómo última opción para quitarse al mafioso de encima. De repente sintió un profundo odio hacia los médicos de la fundación. Los odiaba con el alma.

Edwin apretó los dientes. A la muchacha le quedaban pocos días de vida. Se levantó y miró al padre:
“No se preocupe. Aquí la podemos curar. Sin embargo va a ser muy difícil… nunca debió llevarla a la Fundación, allá solo matan gente. Seguramente me recomendaron a mi cuando el caso se les salió de las manos. Voy a hacer todo lo posible…”

El padre de la chica apretó el revólver contra la nariz de Edwin:

“No haga lo posible: sálvela. O lo mato”.

Edwin estaba asustado. Verdaderamente asustado. Nada en este mundo iba a salvar a esa pobre muchacha. Tragó saliva y le dijo al tipo que dadas las condiciones del caso le iba a costar unos quinientos millones de pesos. El mafioso aceptó y pidió a sus guardaespaldas que trajeran dinero de inmediato. Edwin empezó a temblar, pero esta vez debido a la emoción. Incluso llegó a preguntarse si el tipo le habría dado mil millones… pero con eso bastaba.

Metió a la chica en el “consultorio” y le hizo varios “tratamientos”, uno de ellos a base de tabaco y otro con un preparado de veneno de alacrán azul. Se tomó un par de horas con la muchacha. Esa era una estrategia comercial, pues los pacientes colombianos estamos acostumbrados a que nos revisen en diez minutos y nos manden a la casa a tomar ibuprofeno. Edwin no era de esos, el se preocupaba por su paciente y lo mandaba a casa curado.

Le informó al padre que la muchacha estaba lista, que no se preocuparan por nada. La palidez y el malestar desaparecerían en un par de días. El mafioso se derrumbo, lloró como un niño y abrazó a Edwin: “usted es el mejor doctor del mundo… gracias… gracias…”.

Se fueron del local y finalmente nuestro medico amazónico pudo respirar tranquilo. Sin embargo no todo estaba solucionado. Esa muchacha se iría al otro mundo en uno o dos días, según el diagnostico de los verdaderos profesionales de la Fundación. Pidió a su secretaria que le consiguiera unos pasajes con destino a una paradisíaca isla del Caribe… y le dijo a ella que se tomara unas dos semanas de vacaciones.

Sin embargo, las cosas se precipitaron. A eso de las dos de la tarde aparecieron dos de los guardaespaldas del mafioso. Entraron al local y encañonaron a todo el mundo, tomaron bruscamente al doctor y después de un par de golpes lo sacaron bruscamente de su consultorio con rumbo al parqueadero.

Edwin estaba desesperado y muy asustado. Preguntó porque el alboroto y uno de los guardaespaldas le espetó: “La niña acaba de morirse”.

No se imaginan la palidez de Edwin. Aun así, su cerebro de charlatán empezó a trabajar a alta velocidad. El mafioso vivía muy cerca, en el barrio Ciudad Jardín, en una ostentosa casa decorada con pésimo gusto. Empujaron a Edwin hasta el enorme cuarto de la niña donde le esperaba un furioso y enloquecido padre. El 357 de cachas de oro volvió a tocar la nariz del médico, quien extrañamente ya se estaba acostumbrando.

El padre de la chica estaba loco, sus neuronas habían cambiado para siempre desde ese momento y ahora la oscuridad reinaba en su alma: “Sálvela”, dijo mientras amartillaba el revólver.

Edwin se acercó a la cama. Tocó a la chica y revisó sus pupilas. No había que ser médico para saber que la pobre estaba bien frita. No había nada que hacer. Edwin se levantó lentamente, sabedor que las armas del padre y de los guardaespaldas le apuntaban indolentemente esperando el veredicto.

Edwin había tomado una decisión. Una terrible decisión. Pero consideraba que su vida y quinientos millones valían el riesgo.

“Llevémosla al consultorio. Todavía no ha muerto, es solo una reacción a los medicamentos”.

Hicieron el trayecto de regreso a toda velocidad. Edwin metió a la chica en el consultorio y pidió que lo dejaran a solas con la paciente. Uno de los guardaespaldas inspeccionó el lugar buscando posibles rutas de escape.

El médico abrió un armario y buscó en una trampilla. Ahí estaba. Un diminuto frasco lleno de un líquido negruzco y con una raíz en el interior. Era un legado de su padre, quien lo había heredado de su padre y así sucesivamente durante generaciones.

Y que jamás había sido utilizado.

Edwin lo miraba hipnotizado y un poco asustado. No había sido medico, simplemente había heredado las artes de sus antepasados las cuales le habían enseñado a sobrevivir. Durante su niñez y juventud había aprendido a leer manos, humo de tabaco, café y mil cosas mas. Sabía como recuperar amores y como vengar traiciones… pero eso no dejaba mucho dinero. Y Edwin era ambicioso. Pronto había descubierto que el negocio era curar el cáncer, así que había elevado la charlatanería a nuevos niveles. No recordaba a cuantos pacientes había matado. Incluso había llegado al extremo de colarse en clínicas para ayudar a pacientes. Una vez había añadido tinta china roja a una bolsa de solución salina… era demencial, pero los familiares de los pacientes “veían” acción, veían una actuación que les daba confianza y eso reanimaba sus esperanzas. No importaba si la muerte era el resultado final. La gente pagaba para ver el acto teatral de un medico que verdaderamente hacia algo por ellos. Y pagaban muy bien.

Pero ahora Edwin se sentía verdaderamente acorralado. Por primera vez no veía una solución basada en sus mentiras.

Así que se puso unos guantes, un tapabocas y tomó una aguja de acupuntura. Abrió el frasquito y metió la punta de la aguja en el líquido. Solo eso bastaba. El médico temblaba, recordaba las palabras de su padre, quien le había asegurado que un error con ese frasco cambiaria la faz de la tierra para siempre. Que solo debía usarlo en el caso mas extremo. Y Edwin consideraba que este definitivamente lo era.



Descubrió el abdomen de la chica muerta y enterró la aguja en su totalidad, se ayudó con un bolígrafo para lograr que la aguja se quedara dentro de la paciente. Guardó el frasco y quemó los guantes.

Esperó durante una hora.

Entonces, la paciente reaccionó con un leve temblor. Cinco minutos después había abierto los ojos y trataba de incorporarse. Edwin la ayudó y verificó sus pupilas.

Era demencial. Médicamente la chica seguía bien muerta, pero babeaba y miraba hacia todos lados erráticamente como una tonta.

El médico abrió las puertas y les pidió a todos que siguieran. Los padres corrieron a abrazar a la niña mientras sollozaban agradecidos. Los guardaespaldas observaban boquiabiertos, uno de ellos se persignó y miró seriamente a Edwin. Aquel guardaespaldas había sido paramédico y tenia clarísimo que aquello era imposible.

Edwin les pidió a los padres que cuidaran bien de la niña, ella no volvería a recuperar el color y quedaría embrutecida. Pero según  él era consecuencia de la mala praxis de la Fundación y no de su tratamiento. No debían descuidarla y tampoco podían dejarla deambular por ahí. El padre preguntó si volvería a tener una recaída, pero Edwin le aseguró que jamás volvería a enfermarse. Y esta vez estaba totalmente seguro de ello.

Porque aquella chica no estaba viva. Y seguiría muerta por toda la eternidad.

Edwin despidió al agradecido grupo. Ahora si podría disfrutar de los quinientos millones.

Y una vez mas se arrepintió de no haber pedido mil… ¡aquel tratamiento sí que los merecía!


Nota aclaratoria:  Mi mejor amigo es un reconocido médico internista y fue él quien me aclaró que el veneno del alacrán azul no se comercializa en ninguna parte. Hoy por hoy es un mero objeto de investigación y no van a poder conseguirlo en ningún lado. Este veneno solo se produce en Cuba y únicamente con fines experimentales, así que NO SE DEJEN ENGAÑAR POR MÉDICOS COMO EL DE MI HISTORIA. 

No hay comentarios.:

Publicar un comentario