lunes, 24 de septiembre de 2012

Primer Capitulo de la Expedición Grancolombia 1938

Hola a todos,

Antes que nada quiero agradecer a todos aquellos que leen mis cuentos y mucho mas a aquellos que los han comentado. Como ya saben, he publicado mi primer libro "grande" y quiero compartir los tres primeros capítulos. Ojalá lo disfruten y lo comenten. Les recuerdo la página del libro: www.miskatonic-colombia.com .

EXPEDICIÓN GRANCOLOMBIA 1938



CAPITULO 1


Aeródromo de Bocagrande, Cartagena de Indias. Área de Zepelínes. 10 de marzo de 1938.


El amanecer bañaba al enorme zepelín “Abraham Lincoln”. Sus setenta pasajeros, de clases media y alta, se arrimaban a los ventanales para saludar a la ciudad de Cartagena de Indias. Las cámaras químicas destellaban por doquier y se respiraba un aire de emoción por la llegada a la ciudad más importante de la Grancolombia. Una ligera lluvia bañaba el aeródromo, compuesto de veinte torres separadas unos cien metros una de otra. En cada una de ellas había operarios listos para amarrar las cuerdas de los zeppelines y ajustar las escaleras para la bajada de los pasajeros. El aeródromo era imponente. El más grande del continente sudamericano y la puerta de entrada desde el resto del mundo.
Pocos pasajeros se resistían a tomarse una fotografía al frente de los ventanales con la bahía de Cartagena como fondo; todos excepto un hombre que a esa hora leía el periódico en la zona de cafetería. Fumaba tranquilamente su pipa y pasaba las páginas del “Periódico de la Grancolombia”, ensimismado en un artículo referente a la tercera Gran Expedición Botánica del Nuevo Reino de Granada, celebrada 10 años antes en toda la región grancolombiana. Parte de sus compañeros de la Universidad de Miskatonic habían participado en aquella expedición. Y al parecer, varios de ellos habían muerto.
Pasado un rato se sintió un leve sacudón, producto de la detención y amarre final del Abraham Lincoln. Un molesto bullicio sacó a aquel hombre de sus vaporosos pensamientos. Cuidadosamente recortó el artículo de la expedición botánica, tomó su caja de instrumentos y guardó su pipa en ella. Ajustó su sombrero y salió de la cafetería. Antes de abandonar el zepelín, iría a su camarote por su mochila de cuero y luego saldría del Abraham Lincoln en busca de un conductor que lo llevaría directamente a Santa Fe de Bogotá.
El andar pausado no concordaba con los tormentosos pensamientos de aquel personaje. Un metro setenta de estatura, contextura gruesa pero sin aparentar gordura, cabello negro mal peinado y un calmado rostro broncíneo guiado por dos grandes ojos negros. Su elegante vestimenta: pantalón, chaleco y levita fastidiaban a este hombre, cuyo afán de exploración exigía menos formalidad en el vestir y para quien un simple sombrero causaba todas las incomodidades del mundo.
Luego de diligenciar el papeleo y de telegrafiar a la Universidad de Miskatonic para avisar de su llegada, el hombre salió del aeródromo en busca del conductor. No tardó mucho en hallar al hombrecillo con un papel levantado que rezaba: “Ing. Radek – univ. Miskatonic”. Sonriendo, Radek se acercó al conductor, se presentó y tras unas pocas palabras subió al vehículo acompañado solo de su caja de instrumentos y de su mochila personal. El móvil en cuestión era un broncíneo aparato impulsado por reactor químico. Según el hombrecillo, tardarían unas 3 o 4 horas en llegar a Santa Fe de Bogotá. El conductor pidió que le llamara “Don Vega”. Varios medidores de presión y velocidad en el panel principal indicaron a Radek que el vehículo transitaría tan solo a unos exasperantes 200 kilómetros por hora, y que le valía más dormir un poco que deleitarse con el aire caribeño de la ciudad de Cartagena de Indias. Sin embargo, su curiosidad científica y su afán exploratorio le valieron para observar con cuidado los muelles cartageneros, catalogados como los más grandes del mundo. Varias embarcaciones gigantescas anclaban en la bahía de Cartagena, y la opulencia de sus libreas indicaba riqueza y abundancia, características que la Grancolombia usaba para demostrar su poderío ante otros imperios del continente. Miskatonic pujaba por instalar algunas sedes sudamericanas en este país, y posiblemente ya estaban estableciendo contactos para ello con el Real Gobierno.
La mayor parte del trayecto transcurría en la red de túneles subterráneos, compuesta por vías tubulares de alta velocidad. Varias veces se cruzaron con otros móviles de diferentes tecnologías: algunos puramente químicos, otros a vapor y los más avanzados de energía eléctrica. A Radek le llamó la atención ver los novedosos vehículos de fusión de hidrogeno desarrollados en la ciudad de Medellín, cuya tecnología se preparaba para la gran Feria Mundial de 1940. Debieron detenerse durante una hora cerca de la ciudad industrial de Manizales. La razón fue la mala calibración de arsénico en el volumen del combustible del vehículo de Don Vega. Esta situación irritó un poco a Radek, quien a pesar de todo asumió la demora estoicamente; era consciente de que su silencio tenia nervioso a Don Vega y tal vez ahí radicaba la falla con la calibración de los químicos del vehículo. Por un momento, Radek pensó que lo mejor sería iniciar una alegre charla con el hombrecillo. Pero luego desechó la idea: por ahora prefería seguir sumergido en sus preocupaciones, que no eran pocas.
 
La llegada a Santa Fe de Bogotá fue muy llamativa. Se trataba de la quinta ciudad más grande del mundo y su arquitectura e industrias lo demostraban firmemente. Varios vehículos voladores revoloteaban entre los enormes rascacielos, y algunas bases dirigibles militares vigilaban la ciudad desde el aire. El edificio más llamativo era la torre del reloj, tenía nada más ni nada menos que mil cien metros de altura; coronada por cuatro relojes que apuntaban a los puntos cardinales, se constituía como la construcción más imponente del país. También era un edificio bastante aguafiestas, pues al verse desde todas partes era muy difícil explicar una llegada tarde.
Radek se complacía con la ciudad, con el smog y con la bruma. Santa Fe de Bogotá merecía ser explorada más adelante. Sabía que los científicos de la Grancolombia habían logrado grandes avances en los últimos veinte años. Y también sabía que Miskatonic debía tratar de estar lo más cerca posible para extraer algo de aquel fluido intelectual.
El móvil químico de Vega subía varias rampas que poco a poco le elevaron unos cien metros del suelo. De esta forma alcanzó una cornisa bellamente adornada que daba paso a las puertas del edificio del ayuntamiento. Ese era el destino del Ingeniero John Radek.
Vega se detuvo y Radek se apeó del vehículo con una leve despedida.

Ahora su andar era apresurado.

El hall del edificio era ridículamente grande. Un par jardines a lado y lado estaban coronados por unas enormes palmas de cera en sus centros. En cada uno de ellos había distintas muestras de la fauna del país y cualquier zoólogo habría tenido bastante material con solo darles una ojeada. Más adelante aparecía la enorme recepción en la que atendían dos mujeres, ambas en sillas móviles elevadas por unas grúas de aspecto frágil. Las dos estaban firmemente acopladas a sus asientos y solo sus manos esbozaban algún movimiento. De sus rostros solo se apreciaba mentón, boca y mejillas, el resto era una máscara óptica cuyas lentes transmitían varios datos gracias a indicadores luminosos. Una de ellas se acercó a Radek en silencio, se detuvo a pocos centímetros de su rostro y le preguntó sobre su visita. Radek pensó que a esa distancia bien podía besarla, pero aun así respondió con sobriedad:
–Mi nombre es John Radek, soy licenciado por la Universidad de Miskatonic y tengo una cita con el Comodoro Isaac Salas. Debo verlo en diez minutos.
Los lentes de la chica hicieron varios movimientos giratorios, revelando mecanismos de relojería bastante precisos en su interior. Dos pequeñas luces en la corona de la cabeza cambiaron de rojo a azul y la chica se elevó unos cuatro metros en dirección opuesta a Radek. La pared posterior de la recepción media unos seis metros de altura por diez de ancho y sobre ella se deslizaban las dos chicas una vez que sus visitantes se presentaban, luego se dirigían al casillero correspondiente donde los dirigentes del ayuntamiento dejaban las cartas de invitación. La mujer encontró rápidamente la carta de Radek y se la entregó:
–Buenas tardes Ingeniero Radek, por favor diríjase al piso 40 y busque la oficina 404 –le regaló una fría sonrisa propia de su oficio–. El Comodoro le espera.
Radek hizo una leve reverencia y subió a la oficina de Isaac Salas.

El piso 40 tenía cuatro oficinas, todas de gran tamaño. Dos de ellas destinadas a la Dirección de Aduanas e Impuestos, otra era la sede grancolombiana del partido Nacional Socialista y la tercera era la Dirección de Asuntos Extranjeros, de la cual hacia parte el Comodoro Isaac Salas.
Radek fue conducido hasta el despacho de Salas por su secretaria. Ahí encontró a un hombre serio, distinguido, alto, y delgado, cuya edad podía estar entre 45 y 50 años. Radek extendió su mano hacia él y fue correspondido con un fuerte apretón.
–¡Ingeniero Radek! Sea usted bienvenido a mi país.
–Es un placer para mi, Comodoro –Radek debía levantar la vista para encontrar los ojos de salas–. Su país ha superado con creces todas mis expectativas. Supongo que la Universidad ha enviado mi currículo y mi carta de presentación.
Salas se divertía con los asuntos diplomáticos, pero honestamente no conocía a Radek y tampoco había leído su currículo. Normalmente los visitantes universitarios se contentaban con dar alguna vuelta por allí y punto.
–El famoso ingeniero Radek no necesita presentación en mi despacho –Salas evadió la mirada del sorprendido ingeniero–. Sin embargo prefiero oír de viva voz los pormenores de su visita. Por favor siéntese y deléiteme con su presentación… supongo que tendrá que ver con la expedición que mencionan en las cartas.
El joven ingeniero obedeció y tomó asiento. Dejó su caja y su mochila en el suelo y procedió a explicar en detalle el motivo y el objetivo de su visita.
Radek había sido enviado por la Universidad de Miskatonic en calidad de Ingeniero Feérico. Diez años atrás, y durante la expedición botánica en la región central del Cauca, se habían generado varias dudas que la Universidad deseaba aclarar. Se habían hallado diversas entidades elementales cuya ubicación era bastante anormal –por decir lo menos– y que no estaban bien catalogadas. Además, el museo deseaba completar el capítulo dedicado a la Grancolombia. Seguramente, el Real Gobierno Grancolombiano de alegraría de presentar los resultados en la Feria Mundial de 1940.
– ¡Maravilloso! –Salas empezaba a aburrirse–. Pongo mi gente a su disposición. Supongo que la excelentísima Universidad habrá enviado equipos para su expedición. Esos podrá almacenarlos en una guarnición militar. También pondré algunos soldados a su disposición y puedo ofrecerle la compañía de un guía bastante reconocido de la región.
–Agradezco su colaboración, Comodoro, créame que me será de suma utilidad. Sin embargo había otro asunto que debía comentarle de parte del Profesor Coronado Hayes, del cual usted ya habrá tenido oportunidad de escuchar.
El ceño de salas ahora se mostraba con impaciencia, delatando la molestia de su dueño. Guardó silencio e hizo un gesto a Radek para que continuara.
–Resulta que es de vital importancia hablar con el Capitán Rafael Umaña, pues es la única persona que conoce el destino final de los científicos de la anterior expedición.
Salas cambió su expresión. Ahora era un hombre recio que no iba a tolerar impertinencias:
–Ingeniero Radek. No es desconocido para ninguno de nosotros que Umaña murió trágicamente pocas horas después de haber sido rescatado. Me incomoda su solicitud pues aquel Capitán era mi amigo personal. Me dolió mucho verlo morir en tan extremo sufrimiento. No pudo decirnos absolutamente nada pues una vez lo tuvimos con nosotros cayó en un coma profundo para no despertar jamás. Lo vi retorcerse en aquel trance y nuestros médicos no podían detener sus espasmos.
Radek se había levantado ansioso:
–Lo sé Comodoro. Y entiendo su dolor, créame. Varios de mis mejores amigos y colegas participaron de aquella expedición. Y solo nos queda de ellos una patética colección de especímenes que lograron enviarnos antes de la tragedia.
Radek hizo la pregunta más incomoda del día:
–Por favor, dígame cuales fueron sus últimas palabras.
Salas le miró con furia, pero trató de apaciguarse. Evadió la mirada de Radek y pidió datos a su mente. Recordaba con tristeza como Umaña había salido de la espesura cojeando maltrecho, con cientos de heridas en su cuerpo. Una viscosidad negra lo cubría en gran parte, como una brea maloliente.  Era un milagro que aun conservara algo de sangre en sus venas. Al ver al equipo de rescate sucumbió y se desmayó. Pasadas unas horas despertó entre convulsiones y solo atinó a decir una palabra: ¿pela?, ¿palo?, ¿palos?, Salas no recordaba bien.
–No recuerdo, pero creo que intentaba decirnos algo así como “palos” o “pelos”. No estoy seguro. De cualquier forma ya está muerto. Y sus amigos también. Por favor cambiemos de tema.
Radek había tomado asiento una vez más. Sentía pena por Umaña, aquel hombre era el único que sabía cuál había sido el destino de sus amigos. Aun así, Radek tenía una alternativa y trataría de revelarla sin permitir que la emoción se reflejara en su rostro, más aun en un momento tan solemne.
–Mmm… la muerte de Umaña no es un obstáculo, Comodoro –ahora era Radek quien eludía la perpleja mirada de Salas–. Aun podemos entrevistar al Capitán Rafael Umaña. 
–¿Cómo? –Salas se acercó a Radek con violencia–. ¡No se atreva a bromear conmigo!
–Tranquilícese Comodoro –Radek sonreía y en ese momento levantó su caja de instrumentos.
Parsimoniosamente abrió la caja, la cual contenía algunos frascos y una jeringa de vidrio de preocupante tamaño.
–Algunos de estos fluidos ya los conoce usted, Comodoro; se trata de “Corazón de Tanzania”, “Elixir solar” y “Éter pétreo siberiano” –Radek presentó cada uno de los frascos–. Como podrá imaginarse, la función de estos es meramente preventiva. Por sí mismos solo servirán para establecer perímetros contra elementales en caso de necesidad. En el equipo enviado por la Universidad dispongo de algunas pistolas delimitadoras dimensionales para hacer correcto uso de estos compuestos: no obviamos ningún detalle.
En ese momento tomó la jeringa cuyo contenido consistía en un líquido verde oscuro con algunas vetas de aspecto sucio.
–Pero esto… es distinto –Radek levantó la jeringa mientras la miraba apasionadamente–. Esto es, ni más ni menos, que el fluido reanimador de West. En una versión depurada y refinada que ni él mismo hubiese imaginado. Radek miró al Comodoro y sonrió:
–Estimado Comodoro, ¡por supuesto que aun podemos hablar con el Capitán Umaña!  

CONTINUA EN EL CAPITULO 2.... 

Andrés Gómez



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